La libertad no se mancha

Por María Delfina Casali

Nombremos a todas, asesinadas, desaparecidas,
abandonadas, golpeadas, discriminadas, expulsadas.
Nombremos a todas.
Decí mi nombre, el tuyo.
Nombremos a todas y existiremos siempre.
Paula Heredia

Una sola pasión. ¿La música? ¿Los viajes? ¿Cocinar? ¿La danza? ¿El cine? El fútbol. Eva Analía de Jesús, más conocida como Higui, tiene 43 años que no se le notan por ningún lado. Es de tez morocha, pero tiene los cachetes colorados como un nene que dejó volar la tarde entera jugando a la pelota. Sus ojos oscuros brillan como una luna que se refleja en el agua, y encuadran su sonrisa que contagia. Mide menos de un metro sesenta, es de contextura física pequeña, pero pisa con la misma fuerza del mar en plena tormenta. Sus pies se mueven de un lado para el otro sacudiendo sus medias con la inscripción “Una sola pasión” en letras azules y amarillas. Le gustan los días de sol porque le permiten salir tranquila a cortar el pasto para así ganarse unas monedas. También le gusta pasar tiempo con sus sobrinos y su familia, cocinar, planchar, coser y hacer reír a la gente, cosa que logra con facilidad. El fútbol la apasiona. La apasiona tanto que el lunes 12 de junio del 2017, el día en que le dieron su libertad, casi pide en el penal si la dejaban quedarse unos días más hasta el viernes, para así poder jugar el partido de fútbol que ya tenía programado con sus compañeras. “¡No, pelotuda!”, le decían ellas. “¿Sabés cómo me voy yo? No me acuerdo de nada…”.  Pero a Higui, el fútbol la apasiona. Por eso y por su parecido a René Higuita, un famoso arquero colombiano, se ganó su apodo.

El 14 de octubre de 2016 el colectivo Ni Una Menos, junto a otras agrupaciones, convocó a una marcha y Paro Nacional de mujeres. Higui no pudo participar. Seis días antes, el 8 de octubre, el femicidio de Lucía Pérez golpeó fuerte a la sociedad. Dolor e impotencia. La fiscal encargada del caso dijo que le era imposible encontrar una palabra que describiese lo que había visto. La adolescente de 16 años fue drogada, torturada y sometida sexualmente. Murió por el dolor que le produjo el empalamiento. El día que se convocó al paro hubo tres femicidios más: el de María Magdalena Ramírez, asesinada por su presunto amante en Córdoba. El de Marilyn Méndez, quien estaba embarazada de tres meses y fue acuchillada por su ex pareja, en Santiago del Estero. Y el de María Elisa Acuña, asesinada a hachazos por su marido, en Los Hornos. Estas mujeres se convirtieron en fotos que forman parte de un catálogo frío y siniestro de vidas descartadas. Vidas que se pudrieron en bolsas de basura. En total, en el 2016 se registraron 254 femicidios en Argentina. 254 cuerpos mutilados, desechados, rotos. El de Higui podría haber sido uno más si no se hubiera defendido.

El 16 de octubre de 2016 Higui fue con sus sobrinos a la casa de su hermana Mariana, en Lomas de Mariló. Era el Día de la Madre y por eso lo pasó junto a su familia. Más tarde fue a visitar a una amiga y se cruzó con Cristian Espósito, uno de los hombres de la patota que la hostigó desde su adolescencia. Insultada y perseguida desde muy chica, en una ocasión fue a parar al hospital a causa de tres puntazos que le dieron en la espalda. Cuando regresó, encontró su casa incendiada y a su perro atado a la ventana. Después de aquel episodio, se mudó y empezó a salir siempre con una navaja encima, para cuidarse.

Porque ella no encaja en las etiquetas heteronormativas que impone la sociedad y porque hay quienes no pueden soportar la diferencia. Porque Higui es lesbiana. Igual que todos, creció en una sociedad en la que le enseñaron que el rosa es de nena y el azul de varón, que ellas son princesas y juegan a las muñecas y ellos guerreros que juegan al fútbol. A los nenes les gustan las nenas y a las nenas, los nenes. Pero Higui es guerrera, le gusta jugar al fútbol y le gustan las mujeres. Le costó tanto aceptarse que en una época le pedía perdón a Dios todos los días. Sentía vergüenza de ser lesbiana. Sentía culpa por no encajar en los versículos de una Biblia que promulga que “Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales heredarán el Reino de Dios”.

Ese día en Lomas de Mariló, presintió que algo malo podía pasar con esos hombres que la habían atosigado desde hacía tiempo. No se equivocó. Al irse de la casa de su amiga, Espósito la atacó junto a otros hombres. “Te voy a hacer sentir mujer, forra lesbiana”, le dijo. La golpearon, le desgarraron la ropa e intentaron violarla. Sin saber bien de dónde, juntó fuerzas y sacó el cuchillo que tenía escondido. Tiró un puntazo. Su principal atacante, Espósito, murió. Más tarde la policía la encontró a unos metros del lugar del hecho, fuertemente golpeada y en estado de shock. Pese a la evidente gravedad de la situación y del estado de Higui, la policía la detuvo y no realizó el procedimiento correspondiente. Lo que casi le ocurre, dentro de esta cultura de la violación, tiene un nombre: violación correctiva. Si atacaron su cuerpo, fue por no ser para consumo masculino. Fue para enmendarla. Fue para castigarla por no ser “lo que debería”.

Después de la pesadilla, le llevó largo rato despertar. Estuvo casi ocho meses presa en un destacamento de mujeres en San Martín. Tres meses después de que le dieran su libertad ese lunes 12 de junio, un jueves cualquiera de septiembre, Higui se reúne con un grupo de jóvenes en la Facultad de Sociales de la UBA a charlar y a hacer lo que más le apasiona: jugar a la pelota. Acompañada por su sobrina, se sienta en una ronda de pibes y empieza a hablar. Mira para todos lados y al mismo tiempo mira fijo a los ojos y penetra. Se la siente aliviada de estar en libertad. “Cuando vos estás ahí adentro te apagás, te hacés chiquita… (…) te sentís desprotegida”. Quizás sea por eso, después de tantos días oscuros, que Higui brilla y resplandece. Se enciende y quema como brasas a punto de devenir en fuego. Porque adentro del penal la pasó mal. No por sus compañeras, de quienes destaca que siempre recibió un buen trato y apoyo, sino por el miedo que le producía estar ahí adentro, no entender ni saber qué iba a pasarle, extrañar a su familia. Y porque es claustrofóbica. Adentro de la celda dormía en el piso para así poder respirar un poquito del aire que entraba por debajo de la puerta doble hierro. “Yo no dormía, me desmayaba a la noche… porque me faltaba el aire”, cuenta. Mientras ella sobrevivía a noches ahogadas en el hierro, sus agresores estaban libres.

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Higui charlando con estudiantes en la Facultad de Sociales de la UBA

 

“Cuando vos estás ahí adentro te apagás, te hacés chiquita…”

Los días transcurrieron, pasó el verano, las hojas cayeron, llegó el otoño… Y de a poco, los días adentro del penal empezaron a doler menos. Martes y jueves jugaban al fútbol. Esos días, Higui estallaba de adrenalina. Eran los momentos más felices aquellos en los que había una pelota de por medio. El cariño de sus compañeras alivianó el peso que cargaba sobre los hombros. A pesar de que el partido fuese difícil, gracias a ellas se sintió como si jugara de local. Hace algunos años, una señora le dijo: “Vos siempre tenés que ir como sos vos, jodona y con humildad. Vos siempre a todo ritmo, a todo ritmo”. Y a todo ritmo se ganó el apoyo de las que estaban adentro, adueñándose de más de una sonrisa. Con su simpatía y simpleza, consiguió que todas se pusieran su misma camiseta: para Higui, la libertad. El día que finalmente se la concedieron, las pibas completamente eufóricas, le dijeron que apenas saliera gritara bien fuerte con ese vozarrón que la caracteriza: “¡Aguante la calle, la concha de la gorra!”. Pero apenas sintió la libertad acariciándole la cara, la garganta se le cerró. El partido había terminado, y ella se llevaba la victoria. Adentro golpeaban la puerta, aplaudían, aclamaban su nombre. Quiso gritar, pero no pudo.

Hoy Higui no guarda rencor por nadie, porque cree firmemente que lo que uno coseche será lo que haya sembrado. Siempre creyó en Dios y se aferró mucho a él adentro del penal. Todos los días leía la Biblia y sentía que le hablaba y le enviaba mensajes. “Y yo necesitaba un ejército de ángeles, y un ejército de ángeles me mandó Dios”, dice señalándonos a quienes la escuchamos con atención. Los ojos de más de uno se empañan, dibujan mares. La lucha se escuchó y hoy es ella quien quiere sumarse a pelear también, a ponerle un alto a la violencia machista. A patadas, a codazos, a cabezazos o como sea… “Si nos caemos hay que levantarnos, las heridas cicatrizan,
hay que seguir”.

Eterna luchadora, desde ese lunes en que le devolvieron lo que siempre fue suyo, desde ese día en que volvió a abrazar la libertad, Higui tiene un partido más ganado. Probablemente, el más turbulento de su vida. Pero ningún jugador puede ganar solo. El grito desesperado y firme de su familia, el aliento de sus compañeras y la lucha de los que desde afuera levantamos sus banderas, hicieron que hoy esté de este lado con nosotros. Porque en épocas de grietas y divisiones, esta mujer logró que todos jugásemos para el mismo equipo; para el suyo. Eva Analía de Jesús, o como todos la conocen, Higui, nos enseña que, ya sea corriendo detrás de una pelota o de un sueño, si hay otros que se ponen nuestra camiseta el juego puede resultar más ameno. La libertad se defiende a capa y espada. Y, sobre todo, igual que la pelota, nunca debemos dejar que se manche.

“Si nos caemos hay que levantarnos, las heridas cicatrizan, hay que seguir”

higui tapa
Tapa de la Revista “La Garganta Poderosa”

 

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