Crónica de una beba subrogada

Por Mercedes Pappa

Ilustración por Martina Zangari

“Te presto mi panza” le dijo su amiga a modo de chiste. “Dale, boluda, vos sos una flojita, ¿qué era lo que tenías, tromboqué? Yo me la banco”. Durante un tiempo, Maica se quedó dándole vueltas a la propuesta que C. le había hecho entre risas. No le comentó nada a su esposo hasta que, un mes después, C. se lo planteó más seriamente: “Ya lo hablé con mis hijos y están de acuerdo. Estoy segura, quiero prestarte mi panza para que seas mamá”. Pasaron más de 5 años desde ese momento, pero a Maica todavía se le quiebra la voz y se le inundan los ojos cuando lo cuenta.

C. quedó embarazada al primer intento, gracias a los médicos de la clínica Hálitus. Implantaron en su útero la cigota con los gametos de Maica y Juan, unidos por fertilización in vitro. C. solo dejaba que ellos tocaran su panza. Siempre tuvo muy en claro que esa beba no era hija suya. No pasa en todos los casos: hay gestantes que, después de parirlo, no quieren entregar al chico a sus padres. En Argentina está prohibido pagar un precio por el útero de la mujer subrogante, solo se permite la práctica ante ofrecimientos altruistas. Pero en otros lugares como la India, muchas mujeres pobres se prestan al tratamiento porque necesitan el dinero, y después no quieren desligarse del bebé.

Durante 9 meses, Maica visitó a su amiga cada día: le hacía los mandados, la acompañaba a todas partes y recorría las verdulerías de los 48 barrios porteños para conseguir un mango fuera de temporada con tal de satisfacer el antojo de su amiga. La gente los miraba raro. Iban de a tres a las consultas médicas. Por cábala, solo ellas entraban al consultorio. Al salir, Maica besaba a su marido, y los pacientes se extrañaban: una embarazada, otra mujer y un hombre… Y es que la subrogación de vientres no era cosa común por esos días. Cuando les preguntaban si tenían turno, respondía Maica en lugar de su amiga. “¡Callate que van a pensar que somos lesbianas!”, le decía C. Pero a Maica poco le importaba. Era feliz.

No siempre lo había sido. Lo último que recuerda antes de su operación es al ginecólogo de espaldas a ella; rezando. Había amanecido con la panza y la espalda cubierta de sangre. El útero se le había distendido durante la noche, después de la cesárea de urgencia por la que perdió su segundo embarazo. “Si no le sacamos el útero, se va a morir. Se está desangrando, Juan”, le advirtió Pepe, el obstetra, al marido de Maica. No fue una pregunta; fue un aviso.

Quedó en terapia intensiva por 7 días, con complicaciones. Ella no se sorprendió cuando, una vez en piso, le contaron. Se la veía venir: tenía la panza y las mamas fajadas, y unas botas largas en las piernas por la trombofilia. “Vos no te creas que yo me olvidé de esto. Voy a ser mamá sea como sea”. Todavía tenían un pie en el hospital cuando Maica se lo aseguró a Juan. Y cumplió.

 

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Fotografía de Emiliana Miguelez

 

 

B. nació en abril. Fue una cesárea programada y sin complicaciones. Cuando a C. le confirmaron que la beba estaba sana, se dio media vuelta y se durmió. Los médicos lloraban de emoción. “¡Lo logramos, lo logramos!”, gritaba Pepe.

En el ámbito legal, madre es “quien da a luz”. C. tuvo eclampsia después del parto, por lo que Maica y Juan debieron quedarse unos días más en el sanatorio. No podían llevarse a B. porque para la ley su hija era en realidad la hija de su amiga. Pasó un año y 3 meses hasta que B. tuvo un documento en el que Maica figurara como su madre. Expedientes y análisis de ADN de por medio, la jueza sentenció a favor de la pareja con voluntad procreacional: fue el primer fallo de subrogación de vientre en el país.

Hay dos formas de hacer el trámite. La más común es la que usaron Maica y Juan. Primero tuvieron a la beba y después presentaron en Tribunales todos los papeles que se necesitan para atribuir la filiación a una madre diferente a la que la gestó. La otra vía es pedir autorización previa en Tribunales.

Aún hoy, 5 años después del primer veredicto, hay un vacío legal; no hay nada legislado. Se parte de la base de que al no estar prohibido, está permitido. Varias cuestiones son tomadas del Código Civil y Comercial, pero incluso después de su reforma no se incorporó a la subrogación de vientres como una técnica de reproducción humana asistida. El caso de Maica sentó jurisprudencia, y gracias a él, hoy hay 20 fallos en el país.

Maica mira las fotos de su hija con igual fascinación que un perro que reconoce su reflejo en el espejo. “¿Ves cómo se le achinan los ojos cuando sonríe? En eso es idéntica a mí,” dice. En la notebook, B. con su uniforme el primer día de preescolar, o mostrando el agujerito del primer diente que se le cayó, o sacando la lengua para una selfie con su prima. Embobada, Maica cuenta: “Es un personaje. Un día, mientras tomábamos la leche, me preguntó por qué ella no había estado en mi panza. Le expliqué que mamá no tiene la bolsita para llevar bebés, así que una amiga fue una casita que la cuidó y alimentó durante 9 meses. Quiso saber quién era. Le conté. Y ahí cambió de tema: ‘¿vamos a regar las plantas, mamá?’”.

En Argentina, la gestante no puede aportar material genético. Es decir: solo puede ofrecer su vientre. Lo curioso es que el bebé puede extrañar ciertas cosas de ese hornito después de ser horneado. “Los expertos” creen que la personalidad de los chicos empieza a formarse en el útero. Una vez, durante el embarazo, C. casi se empacha comiendo aceitunas. Maica las odia. Hoy, B. es fanática. ¿Casualidad? No, B. se horneó en una panza prestada.

 

La otra cara: el alquiler

Hay países donde sí está permitido pagar a una mujer por su útero. En general, el tratamiento se vende por paquetes: el económico, que incluye un bebé; el estándar, que además del bebé viene con servicio de niñera 4 horas al día; y el premium, para aquellos que no quieran pagar extra si nacen gemelos en vez de un solo bebé. 2×1. Estados Unidos es un destino típico para esta práctica, pero la legislación cambia en cada uno de los estados.

 

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Qué incluye un paquete económico de la empresa BioTexCom

 

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Qué incluye un paquete VIP de la empresa BioTexCom

 

 

El precio en este país oscila entre los 140 y 150 mil dólares, pero varía mucho según tipo de tratamiento: cantidad de intentos de fertilización in vitro hasta lograr el embarazo, necesidad de donación de gametos y técnicas adicionales como DGP. El diagnóstico genético preimplantacional es un estudio de ADN embrionario para seleccionar aquellos que cumplen determinadas características, o para eliminar defectos congénitos. ¿Usted quiere un bebé de sexo masculino? No se preocupe: bebé de sexo masculino a la orden.

Los centros médicos se encargan de seleccionar gestantes entre las mujeres que se candidatean. Solo el 50% de ellas es aceptado. Los requisitos son gozar de buena salud, tener entre 20 y 40 años y haber llevado al menos un embarazo sin complicaciones. En algunos casos, si la mujer es casada, se consulta a su marido si está de acuerdo. Lo ideal es que la mujer sea de nivel socioeconómico medio-alto, para asegurarse de que la motivación no sea únicamente económica. No sucede lo mismo en otros países.

En la India, por ejemplo, el precio es bastante más bajo. Las mujeres valen menos, y son más pobres. En el contexto económico del país, el pago por ofrecer un vientre para alquiler es bastante alto, y permite a las mujeres sostener a sus familias por un tiempo. Pero para ser elegidas, las candidatas deben ser menores de 35 años, y tener al menos un hijo. Y, por supuesto, en caso de tener marido, ellos deben dar su consentimiento expreso.

La subrogación de vientres lleva un camino corto en el país y largo en la vida de Maica. Mientras unta una tostada con mermelada, confiesa que no volvería a pasar por la vorágine que pasó para tener otro hijo. Invirtió tantas energías en eso, que hacerlo de nuevo le absorbería la vida. Alquilar un vientre en Argentina no es todavía una opción, y su viabilidad es un debate que tampoco se dará pronto. Existen proyectos para legislar la subrogación de vientres, pero no aún por poner un precio a un útero alquilado. No olvidar: son muchas las parejas homosexuales que recurren a este tratamiento para tener hijos. Las presiones religiosas y las pujas entre los más conservadores y los más laxos darán que hablar llegado el momento.

A Maica hace 5 años le prestaron una panza. Una que ella jamás se habría animado a pedir, pero por la que muchos sí se animan a pagar en otros países. El acto de amor de C. hace que hasta las rocas salpiquen algunas lágrimas conmovidas, pero las realidades de otras gestantes nos dejan pensando… ¿Hasta qué punto son dueñas de su cuerpo? ¿Cuántas de ellas prestarían sus panzas por amor? ¿Cuántas de ellas son C.? Después de todo, y como dice Gabo, también el amor se aprende.

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