Las almas repudian todo encierro

Por Ayelén Cione 

Video por Joaquín Ibarra

“Yo he sospechado que la historia, la verdadera historia, es más pudorosa, y que sus fechas esenciales pueden ser asimismo, durante largo tiempo, secretas.”
Jorge Luis Borges

5 de abril de 1978, 22 horas, el médico Norberto Liwsky entraba a su casa en el barrio de Flores, Capital Federal:

“En cuanto empecé a introducir la llave en la cerradura de mi departamento me di cuenta de lo que estaba pasando, porque tiraron bruscamente de la puerta hacia adentro y me hicieron trastabillar (…) me llevaron a fuerza y me tiraron en el piso de un auto, posiblemente un FordFalcon y comenzó el viaje (…) me arrojaron sobre una mesa. Me ataron de pies y manos a los cuatro ángulos.”

“Luego se presentó otra voz. Dijo ser EL CORONEL. Manifestó que ellos sabían que mi actividad no se vinculaba con el terrorismo o la guerrilla, pero que me iban a torturar por opositor. Porque `no había entendido que en el país no existía espacio político para oponerse al gobierno del Proceso de Reorganización Nacional’ Luego agregó: `Lo vas a pagar caro… Se acabaron los padrecitos de los pobres!’”

“Durante días fui sometido a la picana eléctrica aplicada en encías, tetillas, genitales, abdomen y oídos (…) comenzaron entonces un apaleamiento sistemático y rítmico con varillas de madera en la espalda, los glúteos, las pantorrillas y las plantas de los pies…”

“El trato habitual de los torturadores y guardias con nosotros era el de considerarnos menos que siervos. Éramos como cosas. Además cosas inútiles. Y molestas. Sus expresiones:`Vos sos bosta’, `Desde que te `chupamos’ no sos nada’, `Además ya nadie se acuerda de vos’, `No existís’, `Si alguien te buscara (que no te busca) ¿vos crees que te iban a buscar aquí? Nosotros somos todo para vos. La justicia somos nosotros. Somos Dios’.”


El pasado nunca es pasado ni olvido. Los actores, movimientos sociales y el Estado debaten, discuten y negocian sobre la interpretación de ese pasado según el escenario político de cada momento. Dan lugar a que las memorias siempre entren en lucha con otras y que ésta reflexión sea un proceso vivo, abierto e inacabado. En este sentido, en la búsqueda de ponernos en la piel de las víctimas de la última dictadura cívico-militar llevada a cabo en Argentina durante el período de 1976 a 1983, nos preguntamos: ¿Quiénes las habían secuestrado? ¿Por qué? ¿Dónde estaban? No se tenía respuesta precisa para ninguno de éstos interrogantes, nadie había oído hablar de ellos…

Un libro, un elemento, un símbolo, una canción, un poema, una obra de teatro, un mensaje en los medios de comunicación, una profesión, una carrera universitaria… Toda situación u objeto que pudiera identificar ideológicamente a su dueño era comprometedora y podía convertirse en un pasaporte a la tortura por parte del “Estado Gendarme” de la época y su despliegue represivo. Marcó un antes y un después en la historia nacional.

En definitiva, la censura de toda forma de expresión cultural y participación política, y el intenso control sobre la vida cotidiana de la sociedad dio lugar a que sólo quede “la voz del Estado” imponiendo la “cultura del miedo”. Las prácticas genocidas son su faceta más extrema. El desarrollo de las mismas se basaba en un plan sistemático de persecución, secuestro, tortura, desaparición y/o asesinato de quienes ellos consideraban “enemigos internos” o “subversivos”.​

Todo esto sucedía en los “centros clandestinos de detención y tortura”. El alojamiento en ellos se daba en condiciones infrahumanas y acompañado de las más siniestras prácticas (utilización de picana, golpizas, métodos de tortura, maltratos psicológicos, violaciones a la integridad sexual de las víctimas, etc.), tal como relata María Laura Betral, secuestrada en mayo de 1978:

“Las condiciones sufridas por todos durante el cautiverio eran vergonzantes, indignas e inhumanas. Permanecíamos encadenados acostados en el piso o en catres durante todo el día, desnudos o semidesnudos, encapuchados, sin hablar, sin ver, a merced de los guardias que aburridos se entretenían verdugueando o abusando de alguno de nosotros (…) Algunas noches éramos llevados afuera a interrogatorios y simulacros de fusilamientos (…) la tortura psíquica era constante, y la física la realizaban por medio de golpes, picana eléctrica, extracción de uñas y dientes, “submarino” (inmersión de la cabeza en un balde de agua), quemadura, suspensión en ganchos de las paredes, violaciones y vejámenes de todo tipo.”

Éstas prácticas no sólo tenían como objetivo la búsqueda de información acerca de las actividades sociopolíticas de los detenidos y sus grupos de pertenencia, sino por sobre todo, su despersonalización, la enajenación de su condición de sujetos. Así lo refleja el testimonio de Ana María Caereaga, secuestrada el 13 de junio de 1977:

“Me desataron, me pusieron boca abajo, y empezaron a torturarme por atrás; en la espalda, en las piernas, en la cola, en los brazos, en la cabeza, y también me dijeron que yo no me iba a llamar más Ana María Careaga, sino que iba a tener una letra y un número, y me pusieron K04. Se iban y al rato venían y me preguntaba cómo me llamaba y yo le decía mi nombre, entonces me golpeaban y me decían ‘No, K04’.”

El resultado de éstas operaciones oscilarán entre el silenciamiento, la justificación (el famoso “por algo será”), la negación, o la resistencia. La sociedad, poco a poco, iba siendo capturada por el oscuro temor de caer en esa cacería y abismo sin fondo, aún sin ser culpable de nada, dado que la lucha contra los “subversivos” se había convertido en una represión generalizada. Sin embargo, el terrorismo de estado y sus discursos no lograron imponerse de modo absoluto: se produjeron brechas que permitieron cuestionarlos y resistirlos. Las madres de Plaza de Mayo, en su habitual ronda de los jueves, son un ejemplo de esa resistencia:

“Nosotros solamente queremos saber dónde están nuestros hijos, vivos o muertos. Una angustia porque no sabemos si están enfermos, si tienen frío, si tienen hambre, no sabemos nada. Y desesperación señor porque ya no sabemos a quién recurrir: consulados, embajadas, ministerios, iglesias, en todas partes se nos han cerrado las puertas, por eso les rogamos a ustedes, que son nuestra última esperanza, por favor ayúdennos, son nuestra última esperanza…”


¿Por qué tanta agresión? ¿Era violencia por violencia misma? ¿Cuál era su origen? El detrás de escena de éste horror estaba compuesto por el afán de la dictadura de transformar profundamente la estructura económica imperante en la Argentina. El proyecto estaba destinado hacia la desarticulación del aparato industrial nacional en favor de los intereses de los grandes grupos económico-financieros. Se buscaba una reestructuración del Estado, quitándole su rol regulador y reemplazándolo por el mercado. Estos objetivos eran imposibles de ser llevados a cabo sin la previa desmantelación de las fuerzas populares consolidadas hasta ese momento, y el terrorismo de estado estaba listo para desactivarlas…

No buscaban entonces la mera aniquilación “física” de los cuerpos de los grupos opositores a la dictadura sino, más precisamente, el exterminio de su identidad, de su historia y de toda idea alternativa a ella. Buscaban que la sociedad comprendiera que no había otro proyecto político viable más allá del neoliberalismo, ni tampoco lugar para el pensamiento crítico. La decadencia de muchas industrias nacionales y del consumo local no tardó en llegar, y con ella, el trabajo precarizado, el desempleo, la pérdida de derechos de los sectores trabajadores, y por ende, la marginalidad social.

Víctimas y represores que fueron nuestros contemporáneos y una cruel etapa que tuvo a nuestro suelo por escenario. No nos olvidamos, nos seguimos preguntando y reflexionando sobre ese pasado y por el sentido que tiene en nuestros días. Será nuestra tarea construir miradas críticas que legitimen los derechos humanos como ejercicio colectivo de la memoria, con el fin de recordar las consecuencias irreparables que trae aparejada la violencia ilegal en manos de quienes ejercen el poder del Estado.

Es nuestro pasado, nuestra historia, y por ende nuestra identidad. Aquellos “desaparecidos”, ¿no están? Sí, vuelven, en cada uno de nosotros, que estamos acá para reivindicarlos, para repudiar todo encierro, para no permitir olvidar

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