Las mujeres también van a la guerra

Por Mercedes Pappa

Son los varones quienes casi siempre ocupan los espacios de poder. Y son ellos, también, los que luchan por territorios que -de una manera curiosa- les otorgan ese poder. Solemos pensar en la guerra como el lenguaje de los hombres, pero lo cierto es que muchas mujeres también ponen en riesgo sus vidas. En su libro Mujeres invisibles, Alicia Panero dice: “Hablar de veteranos de guerra debe incluir a aquellas que lo fueron, estuvieran o no dentro del teatro de operaciones. Porque la guerra, con sus amenazas y sus heridos, se trasladó más allá de la isla y el mar”.

La primera vez que las mujeres participaron de la guerra fue durante la Segunda Guerra Mundial. Fueron admitidas en las Fuerzas Armadas y también se ocuparon de la atención y la contención de los soldados en el frente de batalla. Desde siempre, la mujer tuvo un rol sanador en el contexto de la guerra. “La enfermera de guerra trasciende la batalla, porque queda frente a la esencia misma del ser humano que sufre. Sin banderas, sin territorio, humanitariamente. Es por eso forjadora de la paz”, reflexiona Panero.

En Argentina, la primera Fuerza Armada que incorporó mujeres fue la aérea. Eran enfermeras universitarias que habían hecho un curso en el ámbito militar. Después, se admitieron instrumentadoras quirúrgicas voluntarias en el buque hospital Almirante Irizar. También hubo varias enfermeras en la base naval de Puerto Belgrano. En promedio, estas chicas no pasaban los 19 años, y muy pocas eran profesionales. Había incluso algunas de 15 ó 16. Los buques hospitales fueron fundamentales en la Guerra de Malvinas porque en la isla no había complejidad sanitaria, y los soldados estaban a mucha distancia de sus propios hospitales.

Patricia Lorenzini tenía solo 16 años cuando recibió a los heridos del Belgrano en el buque hospital Bahía Paraíso. Hoy, cuando lo cuenta, llora recordando a aquellos soldados que ella misma conocía y con los que había compartido risas en la base. Destrozados en las camillas, preguntaban por sus madres y pedían morir. Patricia no se postuló como voluntaria por amor a la patria: sus padres la motivaron para que lo hiciera porque veían en la carrera militar una posible salida económica. Su historia en la base es dolorosa: fue abusada por el teniente José Italia. Los casos de maltrato físico y psicológico a algunas jóvenes en Malvinas hicieron eco solo hace unos 3 años.

Silvia Barrera tenía 22 años en 1982. Trabajaba como instrumentadora quirúrgica en el Hospital Militar Central. Cuando le informaron que se buscaban voluntarias para Malvinas, ella no dudó en ofrecerse. Tenía que salir al día siguiente. En ese entonces, tenía el pelo muy largo, y un novio militar al que no le simpatizaba que una mujer fuera a la guerra. Pero ella se despidió de él e inmediatamente fue a una peluquería a cortarse el pelo bien cortito para que el viento no le molestara al trabajar en la isla. Durante los 10 días que estuvo embarcada en el buque hospital Irizar, Silvia no pegó un ojo. Nunca más volvió a dormir bien. En Malvinas, estuvo en el área de terapia intensiva, luchando contra viento y marea -literalmente- para salvar a los heridos en el quirófano. Hoy, sigue trabajando en el Hospital Militar.

Stella Botta trabajaba en un hospital cordobés cuando les ofrecieron a las enfermeras ir a ayudar a la isla. Enseguida ella dio un paso hacia adelante. Sobre la guerra, cuenta: “Recordar esos momentos no es agradable. Llegaban muchos soldados con pie de trinchera. A ellos les colocábamos toallas de agua caliente. Como no teníamos tanto espacio en las camillas, poníamos una colcha al lado de la otra en el piso, y ahí los acostábamos. Teníamos un alambre que colgaba de punta a punta en el hangar, y ahí colgábamos los sueros, porque los soldados llegaban muy deshidratados. Venían con mucho frío, algunos muy delgados, y con miedo. Lo primero que pedían cuando llegaban era comunicarse con su mamá. Nosotras ahí hacíamos de hermanas, de amigas, de madres… aparte de curar las heridas del cuerpo, curábamos las heridas del alma”.

Fueron también las enfermeras británicas quienes cuidaron a muchos soldados del bando opuesto a bordo del SS Uganda. Y es que, en la guerra -mucho más que en la vida- se es humano antes que argentino o inglés. O, como escribe Panero, “el dolor humano en carne viva y sin importar el idioma en el que pedían que hicieran cesar el dolor” era terrible. Ellas eran en su mayoría enfermeras profesionales que rondaban los 30 años y formaban parte de la Royal Navy antes de que las convocaran para ir a Malvinas. Todas fueron reconocidas y condecoradas ni bien volvieron a Londres, y hoy reciben una pensión: no sucedió igual con las veteranas argentinas.

Las mujeres que participaron en la Guerra de Malvinas fueron silenciadas por una orden de la dictadura. Les prohibieron hablar de todo lo que habían visto y oído en el territorio. Eso no cambió mucho con la llegada de la democracia. Recién 30 años después del conflicto, el Congreso las reconoció como veteranas. Todavía solo unas pocas reciben pensión. Este abandono institucional fue apañado por un abandono político y también social: ¿a cuántos de nosotros se nos viene una mujer a la cabeza cuando pensamos en Malvinas? Veteranos son, en la memoria colectiva, los hombres. Los que ponen el cuerpo y tiran las balas. Las mujeres que los acompañan en el sufrimiento y sanan sus heridas externas e internas no merecen recuerdo. Curaron piernas amputadas y pies de trinchera, abrigaron con camisones a los que llegaban helados, llamaron a las madres de aquellos que les rogaban por ellas, aunque eso significara comerse el reto de algún superior. Y así y todo fueron olvidadas, ninguneadas y maltratadas. Las mandaron a lavar los platos. Las echaron de desfiles de veteranos. Las acusaron de mentirosas. Quisieron borrar sus nombres de la Historia. Pero hoy ellas gritan más fuerte que nunca: las mujeres también van a la guerra. Y van, sobre todo, para sanar.

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