Se multiplicaron las insolentes

Por Mercedes Pappa

“Mujer bonita es la que lucha” reza la frase. Y Felipe Pigna confiesa haberse enamorado de varias figuras inolvidables mientras escribía su último libro, Mujeres insolentes de la historia. Se trata de un primer tomo para niñas, -niños porquéno- y adolescentes en el que el autor destaca a 29 mujeres que supieron ganarse un lugar en la memoria colectiva. Es posible que no encontremos sus nombres en ningún manual escolar. Pero existieron.

Para ingresar a la sala Jorge Luis Borges de la Feria del Libro, hay que hacer una cola de unas dos cuadras. Y claro, qué mejor plan que escuchar a Pigna un domingo nublado de mayo a las seis de la tarde. Sobre todo cuando se puede pasar gratuitamente a La Rural tan solo con imprimir una entrada que él mismo publica en su sitio web.

“Es un rockstar Felipe”, dice la periodista Florencia Halfón cuando abre la charla, a las 18 15. Él pide un aplauso para Augusto Costhanzo, ilustrador que realizó una adaptación gráfica de cada una de las historias que eligió contar: desde las mujeres indígenas que se opusieron a la conquista de América -Anacaona- hasta las que lucharon contra la sociedad patriarcal de fines del siglo XIX -Alfonsina Storni-.

ilustracion mujeres insolentes
Ilustración por Augusto Costhanzo

Las mujeres hicieron Historia en todos los ámbitos: Pigna afirma que “la selección no fue fácil, porque por suerte son muchas”. No todas se destacaron por lo mismo: algunas lo hicieron en la guerra, otras en la política, otras en el la literatura. No todas son personajes queridos: Encarnación Ezcurra es un nombre que recorre las páginas del libro, y no precisamente por ser una mujer excepcional. -Aunque, ¿desde cuándo solo “los buenos” pasan a la Historia?- Pero todas sí tienen algo en común: todas rompieron los moldes y se rebelaron, algunas incluso sacrificando sus vidas. Todas ellas fueron insolentes. Y esa palabra, hoy reconvertida en una virtud, “era utilizada por los conquistadores para descalificar a las mujeres originarias que se negaban al nuevo orden que ellos imponían”, cuenta Pigna. Podría considerarse un halago.

ilustracion 2 mujeres insolentes
Ilustración por Augusto Costhanzo

Las insolentes

Una de las historias que más atrapa al autor -esa que cuenta en cada entrevista con la misma pasión- es la de Mariquita Sánchez de Thompson. Los mundanos la recordamos como la mujer que cantó el himno por primera vez. Pigna se queja: ¿qué es esa manía de los humanos por inmortalizar a los personajes que admiran y que detestan por un solo hecho, como si fuera lo único que hicieron en sus vidas? Esta mujer fue la primera de la región que se casó por amor. Su familia ya había decidido que ella se casaría con Diego del Arco, nada menos que un señor de la alta alcurnia. Pero ella se había empecinado con su primo segundo, Martín Thompson. Y no paró hasta lograr victoria: en 1805, el virrey Sobremonte autorizó su boda.

Otra mujer también muy admirada por Pigna es Juana Azurduy. Si no fuera por ella y por sus compañeros, dice el historiador, “el norte argentino probablemente no sería argentino”. Esta mujer había nacido en la actual Bolivia y junto con su marido había formado una guerrilla para actuar bajo las órdenes de Martín Miguel de Güemes. En combates heroicos, perdió a cuatro de sus cinco hijos y rescató a su marido en dos oportunidades, en operaciones dignas de una película.

Entre los nombres presentes en el libro hay muchas mujeres pioneras: Julieta Lantieri fue una de ellas. Esta italiana llegó a la Argentina de muy jóven y, tras nacionalizarse, no veía motivos que le impidieran votar. Por eso en 1911 se presentó a votar, y se convirtió en la primera mujer que lo hizo en toda América. Pero claro, no logró sentar jurisprudencia: en 1912, se aprobó el voto universal -masculino- por el que votaban todos aquellos inscriptos en el padrón militar, y las mujeres quedaban totalmente inhabilitadas. Julieta, mujer insolente, pidió hacer el Servicio Militar Obligatorio para que se lo permitieran. Y si bien no la dejaron, pasó a la Historia como la primera sufragista de nuestros pagos. Aún la recordamos: su nombre fue elegido para convertirse en una estación del Subte H.

Pero Lanteri no es la única “primera mujer que” del libro: Cecilia Gierson se recibió de médica en la Universidad de Buenos Aires a pesar de lo mal que la recibieron sus compañeros. Un profesor firmó su primer examen con una declaración digna de la época: “Conste que le estoy tomando examen a un ser inferior”. Esta hija de escoceses se sobrepuso a las dificultades incluso posteriores a recibirse, cuando no le daban trabajo por ser mujer.

La lista de nombres continúa, y es extensa. Pero la última mujer que aparece en el libro es la poetisa  Alfonsina Storni.  Pigna destaca uno de sus poemas, en  los que expresa que se siente una loba entre corderos: se considera fuerte en una sociedad que no protesta y no reclama, y donde las mujeres aceptan ese lugar de opresión que les tocó. Tal vez estaría contenta si viera a las mujeres de hoy: se multiplicaron las insolentes.

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