¿Quieren que hablemos de ciencia?

Por Mercedes Pappa

Foto: Delfina Perino

Queridos diputados:

Si cumplieron con su trabajo, debieron estar presentes en las comisiones del debate por el aborto, en el anexo del Congreso. Y si así fue, seguramente hayan escuchado estos argumentos, entre  muchos otros, en contra de la despenalización: “Esta ley obliga a los médicos a cometer homicidios como parte de su trabajo”; “La extracción quirúrgica del útero materno constituye una verdadera desaparición forzada de personas”; “¿Desde cuándo hay un feto y no un niño por nacer?”; “¿Será más persona un feto de 10, ó 12 que uno de 26 semanas? Podemos definir entonces que si no tiene previsto superar una determinada altura, o color de piel, o pelo, tampoco tiene derecho a vivir”; “Cuando una mujer se hace un evatest, el corazón de su hijo ya está latiendo. Comenzó a latir solamente 19 días después de la concepción”. Qué jornadas intensas.

Si son muy responsables y no se quedaron conformes con lo que escucharon, tal vez ya hayan chequeado estos datos y comprobado que muchos son falaces. Pero si no hicieron la tarea, que no cunda el pánico: nosotras sí. Si confeccionáramos un mapa de las palabras más utilizadas por los antiabortistas desde la primera comisión hasta la última, probablemente estas serían las que aparecerían en mayor tamaño: bebé, niño, persona, vida, homicidio y asesinato. Si estuviéramos en un café discutiendo el aborto con un amigo, no tendría mucha relevancia los términos que usáramos. Pero sucede que en el marco legislativo, estos adquieren otra dimensión y dejan de ser intercambiables los unos con otros. Y sucede también que muchos de los profesionales de la salud que expusieron en el Congreso se olvidaron de este principio y dieron lugar a mucha confusión. Pediatras, ginecólogos, especialistas en embriología, neonatólogos, psicólogos: personas de ciencia que bajo esa base de credibilidad que los ciudadanos les otorgamos, sustentaron sus creencias y olvidaron que vida, vida humana y persona no son lo mismo.

la cope
Ilustración por Lia Copello

Ya se ha dicho pero quizá no viene mal repetirlo: plantear la legalización del aborto como un debate científico es, cuanto menos, confuso. Pero si insisten en que hablemos de ciencia, hagámoslo. ¿Por qué no da igual que en lugar de decir “feto” digan “niño” o bebé”? ¿O que confundan el aborto con un homicidio, como si el feto fuera una persona a la que se estuviera asesinando? ¿Por qué es erróneo creer que porque el corazón está latiendo, un feto puede sentir dolor? Laura Belli, bioeticista, Doctora en Filosofía y Presidenta de Economía Femini(s)ta, nos aclara los tantos: “No todas las argumentaciones presentadas fueron sólidas, y muchas fueron claramente y a viva voz, falacias: mentiras esgrimidas para convencer a una persona en pos de defender una postura. Ese es un problema grave, porque se supone que la convocatoria de los profesionales tiene que hacerse pensando en enseñar a los que tienen que legislar por nosotros”.

Ciencia no es sinónimo de dogma

Las premisas de la ciencia cambian con el paso del tiempo. De hecho, según la Doctora Belli, “la ciencia avanza a medida que el conocimiento científico avanza. No se puede pensar como un dogma, dado que va avanzando y retrocediendo, configurándose con los años. Se supone que la ciencia tiene una pretensión de objetividad, y por eso se respetan ciertas convenciones para hacer afirmaciones o argumentaciones y se sigue un método científico. Pero al mismo tiempo se trabaja con definiciones que son propiamente humanas, y en ese sentido, siempre tendrán sesgo.” Como afirmó el Doctor en Biología Molecular Alberto Kornblihtt, hay que saber diferenciar evidencia de dogma. Teniendo esto en cuenta, sería un error considerar que todos los principios que la ciencia establece son absolutos e inmutables. Pero incluso si lo hiciéramos, no llegaríamos a ninguna conclusión respecto a las implicancias que tiene la realización de un aborto. ¿Por qué? Parece que ni siquiera los científicos logran ponerse de acuerdo entre ellos.

Sí, es posible que un feto sea vida. También lo son los óvulos y los espermatozoides, y las células de nuestra piel. Pero Belli sostiene que “en la ciencia no hay consenso sobre a partir de qué momento empieza la vida humana. Hay quienes trazan la línea en la unión del óvulo con el espermatozoide; otros que lo hacen en la anidación en el seno materno; y otros que creen que la vida comienza más adelante, cuando ya no se puede dar una división celular y por ende no se puede dar lugar a gemelos, porque sería un problema postular que hay una vida cuando potencialmente hay dos.” Este también fue uno de los argumentos del Doctor Alberto Kornblihtt en su exposición en el Congreso: “El concepto de ‘vida humana’ es una convención arbitraria que responde a acuerdos sociales, jurídicos o religiosos, pero que escapa al rigor del conocimiento científico”.

Tampoco hay acuerdo universal sobre cuándo se empieza a ser persona. No hay un criterio unificado respecto a la identidad personal. Y este problema atraviesa más de una disciplina: incluso en derecho, esto se va modificando a medida que se revisan diferentes códigos y leyes. En el campo de la ciencia, Belli dice que “se espera de alguien que sea persona que tenga por lo menos capacidades cognitivas básicas, que es lo que nos diferencia de los animales.”

Para dejar más claro el asunto, la bioeticista agrega: “Pensemos en la donación de órganos: si consideramos que un embrión (que no tiene desarrollado el sistema nervioso central completamente y simplemente tiene vida biológica) es una persona, entonces deberíamos considerar a quienes tienen muerte cerebral como personas.  Cuando gran porción del cerebro deja de funcionar y el aspecto cognitivo desaparece, se declara la muerte aunque el corazón siga latiendo. Y justamente son esos cuerpos que nosotros no consideramos ya personas los que permiten la donación de órganos. No podemos poner como criterio de personalidad uno u otro, sino que tenemos que adecuarlo para ambos casos”.

No nos roben la palabra vida

“No vamos a permitir que nos roben la palabra vida”, manifestó de forma contundente la escritora Claudia Piñeiro el 12 de abril en Diputados. Y es que podremos no ponernos de acuerdo sobre en qué momento comienza, pero todos coincidimos en una cosa: desde que nacemos hasta que nuestro cerebro deja de funcionar, somos personas. Sentimos, soñamos y vivimos a la merced de nuestra historia, nuestras posibilidades, nuestra suerte y nuestra identidad. Y todos coincidimos también en que nuestras vidas -tan tangibles y palpables- tienen un valor inconmensurable. ¿Cómo se puede levantar una bandera “a favor de la vida” y omitir que hay mujeres -de esas que sienten y sueñan y tienen una historia- que mueren por abortar? Por el Congreso pasaron personas que cuestionaron este hecho. El pediatra Rodolfo Keller, por ejemplo, expresó que “el aborto no representa una verdadera plaga de mortalidad materna que justifique modificar leyes y hasta la Constitución Nacional.” Solo si tomamos datos oficiales -que no es sinónimo de completos-observamos que en 2016 el aborto fue la principal causa de mortalidad materna: el 17,6% se produjo por este motivo. Incluso si fuéramos tan ingenuos de creer que esta información es totalmente confiable y recopila los datos de todas las realidades existentes, ¿no son suficientes esas 43 muertes para que hagamos algo al respecto?

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Fuente: serie de datos del Ministerio de Salud de la Nación

Y ese algo ya está resuelto: el aborto redujo drásticamente el porcentaje de mortalidad materna en los países donde se legalizó. Solo ignorando esa información puede desviarse el eje del debate en el Congreso. Porque claro que es válida la discusión sobre cuándo comienza la vida, pero ¿es la que debe darse en el marco legislativo? ¿No deberían dejarse a un lado las cuestiones religiosas, las creencias personales, o incluso científicas? En palabras de Laura Belli, ¿no debería primar la argumentación de que se trata de una cuestión de salud pública? “Si lo ponemos en  términos científicos nos vamos a empantanar”, dice. Pareciera entonces que somos muchas las que nos sumamos al pedido de Darío Sztajnszrajber: hagan política, diputados, porque para eso trabajan en el Congreso de la Nación. Y si realmente están a favor de la vida, legalicen el aborto.

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