#ElPresenteEsFeminista: Diana Maffía

Por María Delfina Casali y Mercedes Pappa

Diana Maffía es  Doctora en Filosofía egresada de la UBA. Actualmente dirige el Observatorio de Género en la Ciudad de Buenos Aires, y hace poco se unió a la Editorial Perfil como Defensora de Género. También se desempeñó como Defensora Adjunta del Pueblo entre 1998 y 2003, y como Diputada de la Ciudad de Buenos Aires entre 2007 y 2011.


Vos tenés una carrera larga y un renombre en el ámbito de la filosofía. ¿Te costó llegar al lugar en el que estás, siendo mujer?

Sí, me costó muchísimo. Ser mujer en la carrera de filosofía era considerado algo inapropiado porque implica pensamiento abstracto y como las mujeres somos esponjosas y húmedas, no lo tenemos. Mis profesores me preguntaban explícitamente para qué iba a esa carrera que no era para mujeres…

Fue mucho más la dificultad por ser feminista. Yo empezaba a publicar en revistas que no eran de filosofía, y a dedicarme  a temas que no eran los tradicionales. Yo estudié durante la dictadura, por lo que hacía seminarios clandestinos de corrientes de filosofía analítica, que estaba prohibida. Fue un lugar maravilloso de formación en temas como ética, derechos humanos y filosofía política, que en la facultad no se daban. Fue como traicionar a mis maestros y hacer algo que no estuviera legitimado. Son muy pocos quienes después pudieron profesionalmente dedicarse a la filosofía porque lo que se aprendía en la facultad era poquísimo.

Tuve muchas dificultades en mi formación, y fui muy desobediente. Y las desobediencias se castigan.  Pero no me quejo, porque la verdad es que tengo mucha voluntad y persistencia, y pude hacer muchísimas cosas con las herramientas que tuve. Lo más interesante como experiencia fue que un día, ya habiéndome dedicado mucho tiempo a estos temas, me llamaron para decirme que habían analizado mi trayectoria y que me proponían como candidata en la Defensoría del Pueblo. Esta institución venía a proteger los derechos ciudadanos frente a la vulneración que pudiera cometer el Estado.

¿Qué entendés vos por feminismo?

Antes se demonizaba la palabra feminista, incluso entre las mujeres. Me decían “vos podés estudiar mucho porque sos feminista y no tenés marido ni hijos”. Muchos creían que era lesbiana solo por ser feminista. Yo creo que no hay una única definición de feminismo. El mío es muy inclusivo hacia la diversidad. No todo el feminismo es así. El mío está abierto como posición política a los varones, incluso a los cis. También creo que a ellos les cuesta no ponerse como protagonistas y renunciar a los privilegios. Pero hay prejuicios respecto al feminismo, todavía hay gente a la que le da temor y dice “yo no soy feminista, solo estoy a favor de la igualdad”.

“Yo creo que no hay una única definición de feminismo. El mío es muy inclusivo hacia la diversidad. No todo el feminismo es así”

Mi definición de feminismo se basa en tres enunciados. El primero es uno descriptivo, que dice que las mujeres están sistemáticamente peor que los varones en todas las sociedades. Eso es muy difícil de negar, porque puede ser demostrado con cifras. Las mujeres tenemos el 2% de los medios de producción, incluyendo la tierra. El 70% de las personas analfabetas son mujeres. Casi el 80% de la pobreza afecta a mujeres y niñas. Hay una feminización de todos los valores negativos de la sociedad. El segundo enunciado es de tipo moral: está mal que las mujeres estén sistemáticamente peor, porque es arbitrario e injusto. El tercer argumento es práctico, del orden de la acción: estar dispuesto o dispuesta a hacer lo que esté al alcance para no reproducir esa desigualdad y para revertirla. Ni siquiera pido que haya una militancia abierta, explícita. Solo que se tome una actitud personal de mucho compromiso. Esto implica la educación de los hijos, los libros, las vestimentas, los espacios de trabajo, el cine… todos los órdenes de la vida.

QUÉ ES EL FEMININISMO según Diana Maffía

¿Se puede ser de derecha y feminista?

Yo creo que hay muchas expresiones del feminismo. ¿Podemos considerar que ser feminista es querer que haya tantas empresarias mujeres como varones? Hay un igualitarismo ahí. Mi deseo sería que toda la sociedad estuviera económicamente organizada de otra manera, no que las mujeres llegaran a esos lugares de explotación donde los varones han llegado. Podemos pensar en algunas demandas que se hacen desde posiciones igualitarias. El feminismo de la diferencia, exaltando la feminidad, también puede hacer propuestas como “tripliquemos el tiempo de licencia de las mujeres para que ellas puedan amamantar a sus hijos hasta los 2 años”. ¿Es feminista esa propuesta?

Hay mucho contexto, que es la estructura patriarcal de la sociedad, que no se discute. Entonces, los feminismos basados en demandas, sobre todo de tipo legal, igualitarias, pero que no discuten esto, son deficitarios. No le negaría a ninguna persona que se dice feminista la autoridad sobre su propia postura, pero creo que es  importante distinguir que una cosa es debatir para que haya más mujeres emprendedoras, y otra es discutir para que cambien las condiciones económicas. Alguien de derecha sí podría decir que es feminista, y tomar ciertas iniciativas que permitan el avance de las mujeres, pero siempre en un tipo de estructura social que es patriarcal. Ahora, yo insisto en la congruencia… En la militancia, son mis hermanas.

¿Con eso te referís a que es necesario construir un movimiento más homogéneo o unificado?

Lo que se necesita es un movimiento que permita el diálogo dentro de las diversidades, porque el feminismo está muy fragmentado. Hay corrientes que ni siquiera se comunican, por ciertas fisuras muy importantes. En su momento, las hubo por el debate sobre si permitir o no las mujeres trans en los Encuentros Nacionales de Mujeres. Otras fisuras son más doctrinarias y complejas, como considerar la prostitución como trabajo sexual o como esclavitud sexual.

Yo no trato de hacer homogéneo un movimiento, porque creo que no aportará riqueza. No solo no es buena la homogeneidad, sino que es buena la diversidad. Pero creo que deberíamos tener reglas para transitar estas diferencias. Y esas reglas tienen que ver con el concepto de sororidad. Vos vas a contemplar a las otras mujeres como personas con derechos, vas a priorizar la búsqueda del logro de esos derechos para todas las mujeres….

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Fotografía por Ana Libossart

¿Cuál es tu postura sobre la prostitución?

Yo soy abolicionista. Pero cuando me encuentro con una persona en prostitución, ella tiene la libertad de definirse como le parezca y de buscar la manera de mejorar su situación con las herramientas que tenga, y yo voy a acompañar esa mejora. Lo hice cuando fui Defensora del Pueblo y cuando fui legisladora. Y convoqué a todas las posiciones… A todas las afecta una situación de explotación, y ese es el punto donde yo tengo que poner el acento. No tengo que discernir si es mejor ser abolicionista o regulacionista, sino que tengo que discernir cómo romper un sistema prostituyente.

En mi experiencia, la alianza de los varones en contra de romper ese sistema, que tiene muchos niveles, es enorme. La resistencia es enorme por el lucro y el beneficio personal (en términos sexuales, económicos y políticos) que les genera. Yo creo que el regulacionismo protege a los proxenetas, pero también admito que una mujer diga ‘quiero salir de una situación estigmatizante cuando digo que soy prostituta’ y que quiera revertir esa palabra para transformarla en algo orgulloso, como se hizo con muchos otros términos. Ahora, si vas a levantar candidatas para decirles ‘yo te enseño a armar un book y te digo cuáles son las tarifas y te oriento’, ya estamos entrando en otro modo, que no es de sororidad. Muchas regulacionistas van a  las escuelas y a las universidades y tienen estas conductas. Algunas prostitutas realmente son privilegiadas, pero no lo ven.

¿Por qué sos abolicionista?

El abolicionismo es una posición que considera que el ejercicio de la prostitución no es un delito, pero que las mujeres son víctimas de un sistema prostituyente. Por ende, no apoya que ese sistema continúe, sino que va a tratar de desarmarlo. Eso implica dos cosas: no penalizar a quienes ejerzan la prostitución, y dar un conjunto de políticas públicas que permitan que las mujeres tengan opciones. Luego habrá algunas que quieran ejercer la prostitución: que así sea, pero no con explotadores o por falta de opciones. No es un modo de vida que las mujeres elegimos, si por elegir entendemos tener opciones. La mujer lo elige porque no tiene otras opciones, o porque esa opción es la única que le da unas mínimas ventajas por sobre otras que están a su mano (porque no estudió, porque no tiene qué ofrecer al mercado, porque no se capacitó, etc.). Hay toda una estructura que va cerrando las opciones de las mujeres. Si entendemos de qué manera operó la división sexual del trabajo, el trabajo no remunerado en el trabajo doméstico, el uso del tiempo entre varones y mujeres, la responsabilidad sobre los hijos… Una no elige entre un gran abanico de opciones. Lo mismo sucede con las mujeres trans o travestis: en los 90′, el 92% estaba en prostitución. Esa es la base política que hace imposible pensar que hay un libre mercado de los cuerpos, y que la mujer por derecho a la autonomía decide prostituirse.

“El abolicionismo es una posición que considera que el ejercicio de la prostitución no es un delito, pero que las mujeres son víctimas de un sistema prostituyente. Por ende, no apoya que ese sistema continúe, sino que va a tratar de desarmarlo”

¿Por qué considero que en la situación sexual hay una forma de esclavitud? Al hablar de esclavitud, se habla de una separación entre el cuerpo y la voluntad. El amo hace con su cuerpo lo que su voluntad quiere, pero el esclavo hace con su cuerpo lo que le manda el amo. Es una herramienta en la mano del amo. Pensar la sexualidad de manera igualitaria implica que dos personas tienen un intercambio en el que cada una expresa con la otra el sexo que quiere tener. Y la contraprestación de ese sexo es sexo. En el caso de la prostitución, el que paga demanda un tipo de acción de ese cuerpo, y ese cuerpo no tiene el sexo que quiere tener, sino el que le es demandado. A veces esa demanda les produce daño o es violento. Pero aún cuando no lo fuera, resulta que la única voluntad que cuenta es la de quien puso el dinero por lo que ellos consideran un servicio. Para mí, esa relación de que el otro es nada más que un instrumento para la satisfacción de la propia voluntad, es de esclavitud. Es una relación de poder y de dominio. En una relación igualitaria uno no podría tener la misma autoridad para demandar eso del otro.

El gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y luego el de la Provincia prohibieron la prostitución callejera. Eso es inconstitucional porque se está prohibiendo algo que no es un delito, como ejercer la prostitución. ¿Por qué crear una zona roja, como se hizo en La Plata? ¿A quién le sirve tener a todas las prostitutas juntas en una zona roja que, como decía Lohana Berkins, “es el corralito de las pobres”? Le sirve a los que sacan la coima, a los que van a consumirlas, a los que trafican drogas, a la policía e inspectores… Es mejor para los que explotan, pero no es mejor para las mujeres. De esta manera, el gobierno empuja a esas mujeres a ejercer la prostitución en lugares donde serán explotadas, que son prostíbulos. Y los prostíbulos están prohibidos, pero nadie los inspecciona ni los cierra porque son socios de las distintas formas de poder: de la Justicia, de la policía y del Ejecutivo. El propio Estado es socio de los proxenetas. No me parecen soluciones aceptables desde el punto de vista feminista.

¿Y todo este debate no cuestiona los ideales de libertad que el feminismo pregona?

Cuando las mujeres tienen el cuerpo que circula en un orden de deseo que definen los varones, pueden aceptar el rol que el patriarcado les reserva. Obviamente va a ser más beneficiada en lo inmediato una mujer que acepta esos valores que la que no lo hace. Por eso hablo de la sororidad: esa mujer que tiene esas posibilidades traslada ese lugar como una salida estandarizada. Aceptar esos lugares que el patriarcado propone no es un gesto de libertad, es una opción libre, pero es muy restringida. Si estás en un sistema de opresión, las opciones que tomes, no las podés llamar libres. El patriarcado da un conjunto muy reducido de posibilidades.

Vos decís que la sororidad es esta hermandad de mujeres que se unen para luchar contra el patriarcado, pero que también los hombres pueden ser feministas. Eso es algo que genera mucho debate dentro del feminismo. ¿Qué rol creés que deben ocupar los hombres en la lucha?

No tengo predeterminado un rol para los varones. Lo que sí sé es que los varones deben trabajar sus propias construcciones de masculinidad así como las mujeres hemos trabajado hace décadas, fines de los ’60 y principios de los ’70, en los grupos de concientización. Estos eran grupos de reflexión sobre la vida cotidiana: cómo la manera de criar a nuestros hijos e hijas iba reproduciendo el patriarcado, qué aspectos nos resultaban insatisfactorios, cómo cambiarlos, qué proyectos de vida eran deseables y cómo alcanzarlos, qué problemas eran individuales y cuál eran colectivos… Todo eso se discutió. Yo creo que los varones se deben un debate colectivo entre varones acerca de cómo construyen su masculinidad. ¿Qué aspectos les resultan satisfactorios y cuáles no? ¿Cómo modificar los  que no les resultan satisfactorios? Muchos varones se acercan al feminismo porque no quieren ver en la relación con su pareja o sus hijas el tipo de vínculo que han visto con sus padres. Pero ese trabajo no es individual.

Pensar el rol de la masculinidad es algo que deberían hacer los varones. Las mujeres lo hemos pensado en negativo: “no me gusta que un varón me considere su propiedad”, “no me gusta que un varón me agreda, minimice, paternalice”. La cuestión es pensar esos patrones generales en su propia subjetividad y emocionalidad y colectivamente pensar cómo deconstruir esas masculinidades. Esto es algo muy incipiente. Difícilmente los varones acepten lugares no protagónicos. Una manera  de terminar con el patriarcado es deconsturir esos aportes que la masculinidad hace a la construcción del patriarcado. Lo que pido de la masculinidad no es que vea cómo las mujeres pueden progresar simplemente, sino que cedan privilegios, que reflexionen sobre las reglas que fijan las prioridades, esas que los benefician. Creo que los cambios personales conducen a otro tipo de cambios y que son cambios en las relaciones de poder. Pero para que cambie el patriarcado se necesita un poquito más que lo testimonial. Por ejemplo, se necesita que los varones valoren positivamente esas cosas. Y, en general, no es que los pares varones festejan que “el patriarcado se va a caer, se va a caer” [risas]. Me parece que el papel de los varones es un papel que está unas décadas atrás de lo que las mujeres hemos hecho. Lo entiendo, porque en un sistema que te beneficia es más difícil rechazar el sistema que en un sistema que te perjudica.

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Fotografía por Delfina Perino

“Pensar el rol de la masculinidad es algo que deberían hacer los varones”

El feminismo es un movimiento que nos transformó a muchos y muchas en un montón de cosas y, quizás, en lo que tiene que ver con los vínculos y las relaciones amorosas es algo que cuesta más. Si el feminismo te enseña que no existe una media naranja o que amar no es poseer, ¿vos creés que tiene que promover relaciones más libres o abiertas? ¿Creés que se confunde el concepto de libertad y libertinaje?

Tanto la expresión “amor libre” como la polémica “libertad/libertinaje” me parecen de cuando yo era chica. Recuerdo que una vez ante una observación de mi mamá del tipo “cuando te cases” -yo tendría diez años-, le dije que no me iba a casar porque iba a hacer el amor libre. Y ella, espantada, se lo contó a mi papá y cuando él llegó a la noche del trabajo me dijo que ni en broma tenía que decir esas cosas.

Yo creo que hay una trampa tremenda en el amor romántico: que está construido de manera tal que a las mujeres nos hace dependientes de los varones. Es un amor heterosexista (está pensado entre varón y mujer), es coitocéntrico (está pensado para consturir una familia y tener hijos, o sea que la práctica sexual que está privilegiada es el coito cuando las personas podrían tener otro tipo de relaciones sexuales y no aquellas que las conducen a la reproducción), está pensado de manera tal que las mujeres somos educadas para que esa sea la meta de nuestra vida, pero los varones no son educados para que esa sea la meta de sus vidas. Entonces, las mujeres nos desvivimos por encontrar ese par -que es el que nos va a completar- y hacemos muchas concesiones. Marcela Lagarde dice muchas veces que uno de los riesgos para construir estas relaciones solidarias entre mujeres es que competimos por los varones, la idea de que el tipo es un trofeo. Y ellos tienen otras metas porque son educados para eso. Tienen otro tipo de problemas que hacen que, cuando una mujer encuentra a ese varón, él tiene otras metas y no siente que logró lo que quería cuando está con esa mujer. Y las mujeres, que se supone que tenemos que sentir eso, si sentimos que no nos satisface nos preguntamos si estamos mal nosotras. Todo esto es sentir que si ese ideal no encaja en tu vida personal la que está mal sos vos, no el ideal. Romper el ideal es algo que hay que hacer colectivamente. Pensar que el ideal de amor romántico te debilita porque dependés para tu éxito profesional de un hombre, y él no de vos: ahí hay una relación de desigualdad. Creo que hay muchos motivos por los que el amor romántico es una trampa peligrosa.

Esto no quiere decir que no puedas elegir una relación de pareja, que no puedas elegir tener hijos, que no puedas elegir ser heterosexual: vos podés tener la vida que quieras si podés elegir. A mí me parece que una de las trampas importantes del amor romántico, que genera posesión, celos y demás, es la esperanza de que todo lo que querés compartir lo vas a lograr en la otra persona. La verdad es que hay cosas que uno comparte con sus amigas y no lo hace con su pareja. Perder eso porque estás en pareja es una concesión demasiado grande. ¿Una vez que encontraste a tu pareja tienen que encajar como imanes y ya no necesitar de nadie más? ¿Todo lo que te despierte pasión va a ser con la misma persona? La posibilidad de que todas tus pasiones encajen con la misma persona es ridículamente pequeña. Entonces te quedarás viviendo con la persona con la que mejor convivís mientras dure.

Creo que hay un aspecto político de la relación amorosa que las feministas tenemos siempre presente que tiene que ver con que esas relaciones sean de construcción mutua, de acompañamiento, que haya una visión del mundo compartida. Creo que con el feminismo pasa que si una mujer es feminista -sospecho que si un varón es feminista pasará lo mismo-, es difícil que pueda ser una relación de pareja donde no comparta políticamente esa visión crítica sobre muchas cosas de la vida cotidiana en la intimidad. No forzaría el tipo de elección de convivencia ni el tipo de sexualidad. Sí diría que tiene que haber una enorme libertad en el establecimiento de relaciones, que la posibilidad de la elección de con quién vas a tener sexo debería ser una cosa completamente abierta, que todas las libertades que te quieras tomar en la intimidad tienen una sola regla: no dañar al otro, a la otra o a les otres. O sea, el tipo de conducta que vos vayas a tener con la otra persona no tiene que producir un daño, ni a vos, ni a la otra persona ni a terceros. Esa sería toda la regla para mí. No hablaría de libertinaje porque no me parece que haya limites en las libertades personales, salvo esta de no dañar.

“Creo que hay un aspecto político de la relación amorosa que las feministas tenemos siempre presente que tiene que ver con que esas relaciones sean de construcción mutua, de acompañamiento, que haya una visión del mundo compartida”

Con el poliamor algunas ganan y otras pierden. Puede haber personas que digan que quieren relaciones abiertas, no restringirse a una pareja… pero quizás eso también limita la posibilidad y accesibilidad en el momento que esa persona requiere de la otra y esta está con una tercera. Yo creo que la idea de que debe haber reglas sobre la sexualidad es un lugar erróneo para poner sanciones. Para mí la sanción está en otra cosa. Mis reglas serían las mismas reglas éticas que en otras conductas en la vida. Yo pondría las restricciones en los pactos de pareja o personas incluidas en el vínculo para que no ocurran esas cosas que sí me parecen cuestiones de moral como no dañar, no establecer relaciones de poder o propiedad, no esclavizar, no restringir sus libertades.

Muchas veces se tilda a los violadores o femicidas de hombres enfermos y vos decís que es un error patologizarlos. ¿Qué significa que son “hijos sanos del patriarcado”?

Significa que sus conductas están explicadas y posibilitadas perfectamente por impunidades que fabrica un sistema de poder sobre los cuerpos, las vidas, la sexualidad y la reproducción de las mujeres. La violencia con la que reaccionan los varones hacia la mujer, muchas veces femicida, es proporcional al sentido de propiedad que tienen sobre ese cuerpo. Ahora, ese sentido de propiedad no es una patología del varón. Es lo que el sistema regula para la relación entre varones y mujeres en la relación de pareja. Un hijo sano es el que obedece perfectamente a las normas, y en este caso las normas a las que obedece son las de un sistema de relaciones de poder que subyace, que es patriarcal, y cuyo mensaje es que si ese cuerpo le pertenece como si fuera una esclava, puede disponer como quiera de él.

¿Esto choca con la psicología en algún punto?

Sí. Choca en que la psicología no es feminista. Hay por suerte un desarrollo de corrientes atravesadas y repensadas por el feminismo. Las corrientes psicológicas tradicionales son casi la justificación y legitimación de esas conductas machistas. Los constructores de grandes teorías han sido varones.

¿Hubo avances desde el primer Ni Una Menos hasta hoy? ¿Qué falta aún? 

Lo primero que tengo que decir es que el NUM del 3 de junio de 2015 fue una acción muy visible y muy colectiva de algo que se estaba haciendo todos los días 3 de cada mes desde hacía 10 u 8 años. Y era la convocatoria que hacía la Casa del Encuentro -la ONG que dirigía en ese momento Fabiana Túñez- todos los días 3 de cada mes, en la esquina del Congreso en Callao y Rivadavia. Debíamos ser 20 ó 30 personas que reclamábamos por las desaparecidas en democracia porque hay una invisibilidad de lo que pasa con las mujeres cuando son secuestradas, cuando son torturadas, cuando son esclavizadas y asesinadas (en ese momento no había término de “femicidio”). La idea era darle carácter político a cada una de estas chicas que desde hacía muchísimos años estaban desapareciendo secuestradas por las redes de trata.

Ese 3 de junio del 2015 fue absolutamente impactante. Creo que hubo un proceso muy interesante de consenso sobre el documento que se iba a llevar. En ese documento se reclamaron cosas pendientes y algunas que tuvieron una eficacia inmediata, por ejemplo, el registro de femicidios por parte de la Corte. Creo que, al año siguiente, en el 2016, fue más potente la marcha. Se sumaron escuelas secundarias y eso me parece una cosa extraordinaria. Había chicas muy jóvenes y para mí fue muy conmovedor ver eso. Una cosa muy interesante, para mí, del feminismo más joven es la performatividad, el uso de los cuerpos, la manera de manejar los mensajes, el uso de las redes… hay muchas cosas que agregan acciones muy distintas a las que había una o dos generaciones atrás, ni hablar 3 (como es mi caso).

Entonces, me parece que la marcha creció, que ahí estuvo la cuestión de Lucía Pérez. Primero, había habido femicidos de chicas muy jóvenes y luego este caso que fue de una crueldad inusitada, una cosa salvaje y también entonces generó un malestar colectivo. Esa empatía colectiva de que eso nos puede pasar a cualquiera era algo que no estaba socialmente instalado. Que no le pasó a fulanita de tal porque iba al boliche, porque salía con chicos, porque había subido al auto… sino que todas somos posibles víctimas de este tipo de conductas violentas. Esa percepción se tuvo como social y es un cambio cualitativo enorme en la percepción de la violencia, o sea, socialmente todas las mujeres somos vulnerables a la violencia de género. Y el estado nos debe reconocimiento y medidas concretas. Por ejemplo, el plan de violencia que recién salió con la gestión siguiente en 2016.

Yo creo que el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, en el liderazgo de Cristina tuvo como importante un modelo de identificación, una mujer inteligente que tiene muy buena retórica, con cabeza política… pero una mujer que se identifica con los varones líderes. No tenía (ni tiene, no sé cuánto trabajo podrá hacer su hija que me dicen que es feminista y que trata de influirla) la menor perspectiva de género, al contrario, tiene un pensamiento no sólo masculino sino misógino. O sea, desprecia las cosas de mujeres como cosas menores. En el período de Cristina salió una ley que es una de las leyes más importantes para las mujeres, la ley contra la violencia de género. Ella abrió el periodo de sesiones, habló de cuáles eran las leyes importantes de ese año y no mencionó la ley de violencia. No le pareció que era enunciable, -y eso que ella hablaba cuatro horas, no es que no la mencionó porque no le entraba en el programa-.  La primera sesión se votó esa ley. Ella pudo haber sacado rédito. No, no lo sacaba porque no le importaba. El rédito para ella estaba en otro lado, quería el reconocimiento de sus pares pero sus pares eran los ojos de esos varones. Cada uno de esos varones tiene muertas en el ropero muy feas. O sea, conductas misóginas y machistas muy feas.

¿Cómo ves la gestión de Cambiemos?

Creo que Macri -bueno, yo no lo voté, no es una persona en la que yo haya puesto expectativas- pero es un hombre que tiene un aspecto liberal. Esto quiere decir que a él le interesa la cuestión económica, pero que en los aspectos de los derechos individuales los liberales suelen ser más abiertos. Me parece que esa fisura liberal en lo político, -porque no le importa y no porque quiere hacer política- deja una pequeña luz abierta que, si hay voluntad de construcción colectiva, ahí se podría hacer algo.

Mi mirada con respecto a esta gestión es que, en algunos casos, se han producido avances impensados. Yo creo que pasar del Consejo Nacional de la Mujer bajo un Ministerio de Desarrollo Social a un Instituto que es trasversal, que está sentado en la mesa con todos los ministros para ver si hay perspectiva de género o no… Yo tengo confianza en Fabiana Túñez. Supongo que está restringida por millones de cosas, pero me parece que ella va a tratar de sacar lo mejor de cada situación. Posibilidades omnipotentes no tiene ninguno de los ministros… Fabiana en esa mesa hace que esté presente la perspectiva de género en las políticas públicas. Y yo creo que ella tiene una buena mirada feminista, quizás su práctica no es todo lo amplia que podría ser, pero en muchas cosas se avanzó mucho. ¿Voy a tirarle a Fabiana porque está en un gobierno de ajustadores? Prefiero colaborar con ella y que se avance, aunque sí considero que es un gobierno de ajustadores. Tienen poca sensibilidad social y que la mayoría de los ministros son misóginos. Por eso voy a hacer críticas y voy a insistir, pero me parece que ella me representa cuando está sentada ahí. Faltan un montón de cosas, pero no me parece que se pueda decir que hemos perdido con el pase de Cristina a Macri unos avances enormes del feminismo. La verdad que no, porque no hubo avances enormes del feminismo [con Cristina]. Igual me parece muy importante tener un modelo de identificación que sea una mujer poderosa en la presidencia, porque eso habilita a muchas otras mujeres a elegir la política y a pensar que no hay techo, que podrían perfectamente ser presidentas y eso me parece bien.

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