No somos tan vivos

Por Julián Rodríguez

Prendés la tele, abrís twitter, te juntás a comer en familia y un pariente hace un comentario sobre política. En todas estas situaciones, a menudo te encontrás con opiniones no solo distintas, sino directamente opuestas a tu línea de pensamiento. En algunos casos hasta las calificarías de repugnantes. Simplemente no podés entender cómo pueden pensar así. ¿Serán malas personas? ¿Tal vez sean estúpidos? Quién sabe, tal vez las dos. Eso sí, vos no sos como esas personas, obvio. Vos pensás lo que pensás porque sos una persona muy racional y bienintencionada. A diferencia de ellos, el bien común de la sociedad, el progreso de la humanidad, valores tan altos como la libertad, la justicia, la igualdad, la educación, la dignidad, guían todos tus pensamientos, todas tus acciones. Si tan solo el mundo tuviese a más personas que piensen como vos y menos que piensen como ese familiar con sus opiniones tan erradas, todo sería de seguro mucho mejor.

Y así vamos por la vida: cada grupo pensando que el grupo opuesto está lleno de dementes e idiotas que, merced a su falta de educación o moral, no piensan como uno. Pero hay un problemita con esta forma de razonar y es que no conduce a nada y nos impide entendernos y poder charlar con un lindo par de seres humanos, algo que en una sociedad que se pretenda democrática puede ser calificado como “una cagada”.

El objetivo de esta nota no es, sin embargo, afirmar que todas las opiniones son igual de
válidas, que no hay argumentos que sean mejores que otros, o que “todo es igual, nada es
mejor, lo mismo un burro que un gran profesor”. Esta idea, que es presentada a menudo
como democrática e igualitaria es en verdad todo lo contrario. Después de todo, si tenemos que aceptar las opiniones del otro y decir que todas están bien por igual, estamos negando el poder de la discusión y del intercambio de ideas. Hay argumentos mejores que otros, la evidencia importa, la verdad importa. Pero también es importante tener en cuenta nuestras limitaciones, que tan prestos estamos a olvidar, ya que nos cabe bastante la idea de ser los monitos más inteligentes. No somos autómatas racionales perfectos, somos muy falibles a la hora de pensar, y nuestras ideas de verdad y objetividad son a menudo más ideológicas de lo que nos gustaría admitir. Y esta es la idea que vengo a recalcar, con la esperanza de que termines este artículo considerándote a vos mismo un poco menos perfecto que al empezarlo para que todos podamos charlar con un poco más de humildad.

Volviendo a la mesa familiar, sus encuentros de opiniones y nuestra dificultad a la hora de determinar cómo es posible que el tío Cacho sea tan burdo, debemos llamarnos la atención sobre algunas preguntas importantes: ¿Cuál es nuestra “dieta” informativa? ¿Cuál es la suya? ¿Leo a diario a medios o figuras con opiniones distintas a las mías? Y cuando lo hago, ¿verdaderamente trato de entender su forma de pensar, sus argumentos?

Nuestra dificultad a la hora de entender perspectivas diferentes puede ser en gran medida explicada por la existencia de sesgos o heurísticas en nuestra psicología. Estos son selecciones e intuiciones que nuestro cerebro hace sin que nos demos cuenta la mayor parte del tiempo, asociaciones y reacciones involuntarias que condicionan fuertemente nuestra manera de pensar y en gran medida ayudan a encerrarnos en nuestras perspectivas. No es posible desprendernos de nuestros sesgos, ya que son una parte integral de nuestra mente y son necesarios para navegar día a día la inmensa cantidad de información que debemos procesar, pero sí es posible ser conscientes de su existencia y buscar actuar en consecuencia.

Se han identificado más de cien sesgos, muchos de los cuales se sobreponen dada su similitud. En una negociación salarial, por ejemplo, entra en juego el “Anchoring Bias” o sesgo de anclaje, que es nuestra tendencia a apegarnos por el resto de la negociación a la primera cifra que se mencione. Está también la falacia del Costo Hundido (“Sunk Cost fallacy” en Inglés), que es la tendencia a seguir gastando dinero o esfuerzo en algo que no funciona solo porque ya hemos gastado tanto, como querer terminar una mala película o una comida horrible por la que ya pagamos, o como una guerra en la que ya se perdieron millones de hombres y recursos. La Primera Guerra Mundial es un buen ejemplo de Sunk Cost fallacy: los políticos de los países beligerantes a menudo pensaron en llegar a un acuerdo para terminar con la masacre, pero luego razonaban que, al ya haber perdido tanto, ¿no sería acaso todo en vano si firmasen la paz sin ganar nada? Y así siguieron marchando millones al matadero. Este último también se aplica fuertemente a creencias y posiciones que hemos sostenido un largo tiempo. Si hemos vivido convencidos de que algo es cierto, y hemos discutido, estudiado e invertido tiempo en esa creencia, se hace muy difícil admitir el error y salir de ella como si nada.

Existe el sesgo de la disponibilidad, que es nuestra tendencia a preferir explicaciones o tener expectativas en base a cosas que estén frescas en nuestra mente, producto de una memoria reciente o de imágenes vividas. La gente suele pensar más en morir en un accidente aéreo a pesar de que morir en un accidente automovilístico yendo al trabajo a la mañana sea mucho más probable. Los accidentes aéreos son más dramáticos para nuestra memoria e imaginación, por lo que sus imágenes son conjuradas en nuestra mente más fácilmente. Los que hayan visto el mundial con amigos seguro conocen a alguno que haya dicho: “Era obvio que iba a ganar Francia”… luego de que Francia ganara, por supuesto. Este es el sesgo de retrospectiva, con el cual creemos, luego de ver un resultado, que esa era claramente la única opción lógica todo el tiempo, a pesar de que durante el proceso nadie se sintió tan seguro.

Y si hasta ahora venís leyendo esto y pensando: “Sí, sí, tengo varios conocidos bastante boludos que seguro caen en estos errores todo el tiempo, pero yo soy más vivo. A mí esas cosas no me pasan”, entonces te informo que también se ha identificado el sesgo de punto ciego (“Blind Spot Bias”). Te diría de qué trata, pero me parece más divertido que lo googlees.

Pero en lo que hace a la democracia y al debate público, tal vez el sesgo más importante a tener en cuenta sea el de confirmación. Definido brevemente, es nuestra tendencia a seleccionar aquellos hechos u opiniones que refuercen las conclusiones a las que ya hemos llegado y de desestimar y minimizar toda información que contradiga dichas conclusiones. En resumen, nos gusta pensar lo que ya pensábamos, nos gusta tener la razón y creer que tenemos formada una imagen coherente del mundo. El sesgo de confirmación es una de las mejores pruebas de lo poco objetivos que somos a la hora de pensar y de informarnos sobre el mundo.

Un estudio muy ilustrativo sobre esta cuestión fue realizado en 1967 en Estados Unidos. En la investigación, más de 100 alumnos universitarios debían escuchar grabaciones sobre dos temas: la relación entre el humo de cigarrillo y el cáncer, por un lado, y posturas críticas hacia el cristianismo, por otro. Estas grabaciones tenían un sonido de estática sobreimpuesto que dificultaba un poco su comprensión, pero los alumnos podían hacer desaparecer brevemente el sonido si presionaban un botón, para así escuchar claramente la grabación. Se descubrió que los fumadores en el estudio presionaban el botón anti estática cuando la grabación afirmaba desmentir la relación entre el consumo de cigarrillos y el cáncer, mientras que dejaban la estática sonando cuando se mencionaba una correlación entre ambos. En la segunda grabación, los alumnos que profesaban el cristianismo no presionaban el botón ante las críticas, mientras que los agnósticos sí lo hacían.

Científicos e investigadores, en especial en las ciencias sociales, deben estar atentos a esta tendencia a la hora de diseñar estudios, formular preguntas y sacar conclusiones a partir de los datos. El deseo de tener razón puede manifestarse de maneras muy sutiles, y puede resultar en conclusiones erróneas o apresuradas. Un muy buen ejemplo de esto surgió cuando un economista de tendencia liberal libertaria buscó probar su intuición de que los conservadores sabían más de economía que las personas de ideología más progresista. Para esto, realizó un estudio en el cual se les mostraba a un grupo de personas, que previamente habían respondido cuestionarios sobre su ideología, una serie de afirmaciones como estas: “El control de alquileres provoca escasez de casas en el mercado”; o “las leyes de salario mínimo aumentan el desempleo”. Después, estas personas tenían que elegir de una escala de opciones que iban desde “fuertemente de acuerdo” hasta “fuertemente en desacuerdo”. Luego, él y la psicóloga con quien realizó el estudio marcaban las respuestas como Incorrectas o No incorrectas. Para el deleite del economista liberal, sus predicciones resultaron ser ciertas. Aquellos participantes de tendencias progresistas habían tenido un peor desempeño que los conservadores y libertarios. Había probado su punto: los de la vereda de enfrente no sabían nada de economía, los suyos sí. Por ende, las diferencias ideológicas podían ser explicadas a partir de la ignorancia de los “progres” en materia económica. Sin embargo, las críticas a su metodología no tardaron en surgir. Todas las afirmaciones que utilizaba el estudio cuestionaban creencias de izquierda, sin ser en el menor sentido contradictorias para con creencias de derecha. ¿Qué sucedería si estas condiciones se invertían? Así que decidieron volver a realizar el estudio, pero con afirmaciones nuevas. Esta vez a los participantes se les presentaron frases como estas: “El aborto ilegal aumenta el número de abortos clandestinos”; o “participando en el mercado doméstico, los inmigrantes reducen el bienestar económico de los ciudadanos estadounidenses”; o “cuando dos personas llevan a cabo una transacción voluntaria, ambas necesariamente estarán mejor luego”. Los nuevos resultados no fueron los que el economista esperaba. Su grupo, los libertarios y conservadores, había cometido errores graves, mientras que a los progresistas les había ido bastante mejor.

Si estos estudios demostraban una cosa, no era que uno u otro grupo estuviesen repletos de idiotas, sino que los miembros de ambos grupos pensaban con la camiseta de sus respectivos equipos puesta. Debemos ser cuidadosos con la noción de “objetividad” a la hora de relatar hechos y emitir juicios a partir de estos. En el enfoque que le damos a los hechos, el tipo de preguntas que nos formulamos y las conclusiones que sacamos, pueden estar escondidos nuestros sesgos o prejuicios, determinados a su vez por nuestra sociedad o ideología. Los hechos no vienen solos, sino que siempre vienen con su determinado contexto. En tiempos de la esclavitud, surgieron una serie de pseudociencias, cómo la frenología, que pretendían determinar la inteligencia y aptitudes “naturales” de las razas y los sexos. Si hablásemos con un frenólogo, este nos podría señalar “científicamente” las distintivas marcas en los cráneos africanos que los hacían más aptos para la esclavitud y la docilidad que el hombre blanco. En la película
Django Unchained, el esclavista Calvin Candie da una explicación muy didáctica de esta teoría. Hoy se sabe que la frenología no era más que una pseudociencia, y que esas eminencias de siglos pasados no eran más que unos señores racistas seleccionando datos que se adecuasen a su visión de la sociedad.

Si volviésemos 100 años al pasado en casi cualquier lugar del mundo, observaríamos que las mujeres alcanzaban en general un menor desarrollo académico que los hombres y que el mundo científico estaba casi exclusivamente ocupado por el sexo masculino. Los hombres de aquella época no tuvieron problema en concluir, en muchos casos, que esto se debía a una menor inteligencia del sexo femenino, que a su vez servía como justificación para no permitirles el acceso a las universidades a las mujeres, perpetuando de esta manera una profecía auto cumplida. No se les ocurrió que se podía deber a un machismo sistemático aplicado desde la cultura y la academia, que imponía mil barreras distintas, y en muchos casos directamente prohibía el acceso igualitario a la educación a estas mujeres. La vida de la brillante física austríaca Lise Meitner, cuyas investigaciones fueron cruciales para el descubrimiento de la fisión nuclear, presenta un ejemplo perfecto del machismo que debieron enfrentar las mujeres en el mundo científico. Meitner, a pesar de tener un curriculum brillante, debió pedir permisos especiales para asistir a las clases de Max Planck en Berlín. Cuando comenzó a realizar sus investigaciones con el químico Otto Hahn (quien tomaría todo el crédito por su trabajo conjunto al recibir el premio nobel en 1944), no se le permitió trabajar en el Instituto Químico de Berlín, dado que a las mujeres les estaba vedado el ingreso, por lo cual debieron construir su propio laboratorio en lo que había sido un taller de carpintería.

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Lise Meitner

Son necesarios muchos recaudos y a su vez conocimientos en la materia tratada para interpretar la información que nos es dada. El tamaño del cerebro femenino fue usado por “expertos” de los siglos pasados (y ciertas personas al día de hoy…) como justificación para no dar derechos políticos a las mujeres, ni permitirles el ingreso a la universidad. Sin embargo, hoy se sabe que no es tanto el tamaño de nuestros cerebros lo que nos separa de los demás animales, sino su particular estructura. Después de todo, se cree que nuestros primos extintos, los neandertales, poseían cerebros de mayor tamaño. Sin embargo estos cerebros más grandes no les permitieron sobrevivir al avance de nuestra especie. En Francia, se descubrió a un hombre casado, con dos hijos y un trabajo ¡que solo tenía el 10% de su cerebro! A causa de una condición conocida como hidrocefalia había ido perdiendo a lo largo de su vida su masa cerebral ante el avance del fluido que ahora ocupaba la mayor parte de su cráneo. Y sin embargo, para sorpresa de los científicos, este hombre llevaba una vida normal, a pesar de tener un coeficiente intelectual algo bajo. Una información, como “este cerebro pesa un poco más que este”, puede ser evaluado de formas distintas en base a la ideología de la época y en especial al grado de conocimiento en la materia que se posea en ese momento.

Debo volver una y otra vez a esta pretensión de objetividad: no es que no exista gente y
argumentos más o menos objetivos, pero tenemos que saber que nuestra selección e interpretación de los hechos siempre va a buscar acomodarse en cierto sentido a nuestras creencias.

 

Los científicos se cuidan mucho de los sesgos a la hora de diseñar estudios para comprobar sus hipótesis. Digamos que una experta en educación desea demostrar que su nueva técnica educativa es superior a la actual. Para esto puede seleccionar dos grupos de alumnos, uno será el grupo control mientras que al otro se le aplicara la técnica nueva. El problema es que la experta tiene un interés en que su hipótesis sea verdadera, por lo cual puede, conciente o inconcientemente, influir en el proceso y en el análisis de los resultados del estudio. Podría darle a las profesoras que utilicen su técnica consejos extra, o podría intentar que los alumnos más brillantes estén en su grupo preferido. Para solucionar esto la ciencia desarrollo estudios “double blind” (doble ciego) en los que ni el sujeto (los alumnos) ni el científico (la experta) sabe cuál grupo es cuál, de modo que no pueda influir en el resultado. Aquí no se terminan los recaudos de la ciencia. Todos los estudios deben ser replicados por investigadores alrededor del mundo, investigadores que, al no ser quienes formularon la hipótesis, no tienen encima el mismo bagaje emocional o sesgo de confirmación a la hora de analizar los datos y conclusiones de los estudios. La ciencia construye conocimiento buscando constantemente eliminar de diversos modos todos los sesgos y errores de razonamiento a los cuales los humanos estamos sujetos. Y también, tal vez más importante para lo que nos concierne, construye ese conocimiento y prueba su validez exponiéndolo constantemente a críticas del resto de la comunidad científica ya que es inherente a todo ser humano ignorar o ser incapaz de ver cosas que solo pueden ver los demás.

2018 Youth Olympic Games
Vos, haciendo gimnasia artística mental para acomodar el mundo a tus ideas

La idea del sesgo de confirmación no es nueva, a pesar de que los estudios sí lo sean. Ya en 1620, Francis Bacon, uno de los filósofos responsables del pensamiento científico moderno, había notado: “Una vez que ha adoptado una opinión acerca de algo, la mente del ser humano, recoge cualquier caso que la confirme, y rechaza o ignora la demostración de casos contrarios, ya sean más numerosos y de más peso, con tal de que su parecer permanezca inalterado”. Creer que llegamos a nuestras conclusiones de manera totalmente racional nos predispone a la intolerancia y el orgullo. Si creemos que hemos sido absolutamente imparciales en la formación de nuestras creencias, se torna más fácil pensar que aquellos que no las comparten deben ser idiotas. Es importante intentar ser cautos antes de lanzar conclusiones tajantes, en especial si estas conclusiones pueden resultar insultantes o potencialmente perpetuar esquemas xenófobos, sexistas o racistas, por solo mencionar algunos males. No somos seres racionales perfectos, ni tampoco lo son nuestros familiares. Tu ideología, tus grupos y los medios que consumís determinan en gran medida lo que pensás, y dan una ilusión de certeza que puede tornarse en fanatismo intolerante si no tenemos cuidado. No es que no podamos ser racionales, pero como mencioné antes, pensamos con la camiseta puesta más a menudo de lo que queremos admitir y debemos ser conscientes de esto si queremos formar una sociedad mejor y menos dividida.

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