Lo que Aurora Venturini dijo haber sido

Por Mercedes Pappa

En el infierno, entre unas demonias rojas y unos boxes desde donde unas almas exhalaban sollozos, estuvo -dijo haber estado- Aurora Venturini. Con una voz muy grave, el “Fulano” le decía que ya la enterrarían, que ya estaba muerta. Y ella, claustrofóbica, se desesperaba.

-Igualmente hay que tener en cuenta que yo estaba drogada por la enfermedad.

Cuando se despertó, los médicos la miraron atónitos: ¿cómo sería posible que estuviera viva? A los 89 años se había resbalado en su habitación y fracturado la cadera. Y su recuperación fue un renacimiento. Cada mañana tomaba los suplementos vitamínicos y, aunque lo odiara, hacía kinesiología. Con una botellita de agua en cada mano, extendía los brazos hacia los costados, los estiraba hacia arriba y se los llevaba al pecho. Una, dos, tres, cuatro, y hasta cinco veces si no estaba muy agotada.

Nunca nadie supo con certeza -ni siquiera Aurora Venturini- quién fue Aurora Venturini. Un despistado diría que fue una escritora poco convencional, profesora de Filosofía y Pedagogía, psicóloga. Pero vaya despiste ignorar las varias versiones que Aurora Venturini dio de su vida. Porque casi como si fuera un personaje de una de sus propias novelas, la autora platense se construyó a sí misma.

aurora

En 2007 Aurora Venturini se inscribió al concurso Nueva Novela de Página 12 bajo el seudónimo de Beatriz Portinari. Rehusaba de las computadoras, pero esta vez no escribió su obra en cuadernos: lo hizo a máquina, y corrigió con liquid paper. Liliana Viola, miembro de un jurado que leyó el libro con igual dosis de fascinación y desconcierto, la llamó para informarle que estaba entre las diez finalistas:

-¿Le mandamos un remis?

-No, querida, tengo chofer.

Como muchas otras cosas que Aurora Venturini dijo, resultó no ser del todo verdadero. “La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos porque sustancialmente era cierta”, relató Jorge Luis Borges en su aclamado Emma Zunz.

Aurora Venturini dijo ser una escritora por fatalidad, como lo es la narradora de Las primas, Yuna. La joven protagonista del libro nació en una familia que, según sus propias palabras, no es normal: madre maestra poco interesada en sus hijas, padre abandónico, hermana discapacitada por la que siente algo de desprecio, tía virgen, prima “liliputiense” que se prostituye, y varios etcéteras. “Nosotros no éramos normales. En casa todas mis hermanas eran retardadas. Y yo también”, dijo Venturini. Yuna se define a sí misma como una minusválida que pinta porque es lo único que sabe hacer. Relata los eventos que suceden en su familia con un diccionario bajo el brazo, y aclara al lector que esa es la fuente de cada palabra nueva que utiliza. No usa comas, y apenas agrega unos puntos seguidos para descansar, justo como la octogenaria que le dio vida. “Llevo dentro de mí tantas sombras que cuando me agobian (diccionario) las expulso encima de mis pinturas”, dice Yuna -o Aurora-. Casi apropiándose de la filosofía emmazunzeana -“solo eran las falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios”-, Venturini narró su propia vida: la de una mujer talentosa, ácida e independiente.

-Cómo vas a tratar con una persona como yo. Nadie puede.

aurora venturini

A pesar de los vínculos intrincados que establecía con los humanos, Aurora Venturini era una gran amante de los animales. Ariadna, hija de Rebecca, fue su última mascota: una araña. La autora dijo haber charlado mucho con ella, y contó que esta sabía leer. La prueba está en un libro de Francisco López Meriño en el que Ariadna descansa en paz. Parece que quiso leer un soneto sobre las arañas y falleció aplastada. Cuando murió su progenitora, en cambio, algunos periodistas fueron hasta La Plata a fotografiarla y a darle el pésame a la escritora.

Aurora Venturini dijo -una y otra vez- que la persiguieron por su ideología. “A esta peronista, no” decían, y no le publicaban sus textos. Fue por eso que ella misma se pagó la gran mayoría de los libros que publicó antes de ganar el premio de Página12. Y también por eso en 1956 -cuatro años después de la muerte de Evita, un año antes de la publicación de Operación Masacre, y el mismo año en que Pedro Eugenio Aramburu proscribió el peronismo- se exilió a París. Volvió 25 años después con algunas anécdotas junto a Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir a cuestas.

Pero las dictaduras militares no fueron lo único a lo que Aurora Venturini hizo frente. Dijo ser, desde siempre, una mujer poco respetuosa de la autoridad: desobediente. Sentada en un pupitre discutía con el profesor de religión porque no entendía cómo Adán podía haberse casado con Eva si ella había salido de una costilla de él: ¡era su hija! Y las maestras le pegaban. A su madre, también maestra, poco le importaba. “Si la señorita les pega, no importa, ustedes aguanten porque la señorita nació en Lyon”.

Como si los tuviera ensayados, Aurora Venturini volvía una y otra vez sobre los mismas enunciados. Dijo: Las primas soy yo, Ganar el premio Nueva Novela fue como salir de Pompeya y Herculano, Cada uno tiene los parientes que puede, El infierno era como una parrilla -parrilia, como ella pronunciaba la ll-, Fui amiga de Evita, Solo sirvo para escribir. Desde que ganó el reconocimiento Nueva Novela en 2007 hasta el 24 de noviembre de 2015, el día que murió, Aurora Venturini publicó unos seis libros. Su muerte no fue en absoluto diferente de su vida: le pidió a su sobrino Gustavo Castro que dejara pasar unos días para dar la noticia del fallecimiento. Otra vez, como si fuera uno de esos personajes que ella misma componía, Aurora Venturini maniobró los hilos de su propio destino.

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