#GritaloConNosotras: ciencia

Por Mercedes Pappa

“Al parecer, las damas en la historia de la ciencia son
como las partículas: fundamentales, pero invisibles”.
Valeria Edelsztein en el libro Científicas

Un cerebro más liviano. Esa fue la característica que impidió por años que las mujeres se desarrollaran en el mundo científico: es que era un indicio claro e irrebatible de su inferioridad con respecto a los varones. No, pareciera que los hombres del 1800 aún no estaban muy al tanto de la llamada proporcionalidad. En 1879 el físico Gustave Le Bon -aprendiz de quien comparó por primera vez el peso de los cerebros femeninos y masculinos- escribió: “Las mujeres se destacan por su inconstancia, ausencia de pensamiento y lógica, e incapacidad de razonar. Sin duda existen algunas mujeres distinguidas, muy superiores al hombre promedio, pero son tan excepcionales como el nacimiento de un gorila con dos cabezas”. Un gran tipo, Gustave.

A lo largo de la historia, los argumentos variaron pero la situación de las mujeres no cambió demasiado. Agostina Mileo, comunicadora científica, considera que la justificación actual para excluir a las mujeres es más del orden evolutivo: “Hoy se cree que a través de los procesos de adaptación al medio las mujeres hemos desarrollado características que nos hacen más propensas a las tareas de cuidado, al mundo de la sensibilidad, o que somos más de las palabras que de los números…” Lo cierto es que no hay evidencia científica que respalde esta teoría. Mileo insiste en que estas diferencias no son biológicas, sino producto de un proceso de socialización que iniciamos en la infancia.

Y algunas investigaciones dan cuenta de esta postura. Un estudio realizado por la revista Science en 2017 reveló que a partir de los 6 años las niñas empiezan a asociar la inteligencia con el género opuesto, a diferencia de lo que sucedía cuando eran más pequeñas. De hecho, a los 7 u 8 años la mayoría de las niñas imaginábamos que de grandes seríamos maestras, cantantes o veterinarias, pero pocas soñaban con ser astronautas, arqueólogas o científicas. Nuestras aspiraciones diferían bastante de las de nuestros pares varones.

Precisamente por estos motivos las mujeres siempre se inclinaron más a carreras sociales y descartaban o no consideraban las científicas. Sin embargo, esto cambió en el último tiempo. Según un artículo periodístico publicado en 2017 en La Vanguardia, el 55% de los títulos universitarios de carreras científicas en España son recibidos por mujeres, pero ellas solo ocupan el 20% de los puestos de liderazgo y prestigio en el país. De acuerdo con las autoras, esta situación se reproduce en toda la Unión Europea y el resto del mundo.

mujeres ciencia

Las razones por las que esto sucede son variadas. A lo largo de su carrera científica, las mujeres se topan con muchos más obstáculos que los hombres. En principio, para ser contratadas deben enfrentarse a los prejuicios de género que suelen tener los empleadores. Según Agostina Mileo, “hay estudios que demuestran que si vos mandás un currículum o un paper con nombre de varón y otro exactamente igual pero con nombre de mujer, el que tiene nombre de varón es más exitoso.”

Otro de los factores que suele repercutir en las científicas es la maternidad. La filósofa Diana Maffía explica que hay diferentes maneras de resolver este conflicto: “retrasando la maternidad (esto lo refieren muchas becarias jóvenes), abandonando la carrera científica, haciendo equilibrios heroicos a costa del tiempo personal, decidiéndose por ejercicios profesionales más modestos y manejables como la docencia, o sencillamente no teniendo hijos.” Naturalmente, esto no suele afectar a los científicos, que “vienen implícitamente equipados con una mujer que lo cuida amorosamente a él y a sus hijos, que hace el “trabajo emocional”. La científica y humorista Nadia Chiaramoni cree que una posible solución a este problema sea equiparar las licencias de maternidad y paternidad.

Por otro lado, Maffía también identifica algunas barreras internas -como el hecho de que las mujeres no tengan modelos de identificación de su mismo género que las inspiren- y otras externas -como el famoso “techo de cristal” y el “piso pegajoso”-. En este sentido, algunas científicas quedan relegadas a tareas de “secretaria” en el laboratorio (como de medición y registro) con el argumento de que ellas son más prolijas y pacientes. Tal como dice Nadia Chiaramoni, “para sobresalir, una mujer debe tener muchísimos más logros que un hombre promedio, porque no alcanza con ser igual de buena”.

¿Mejoraron estas condiciones a partir del avance feminista a nivel global? Mileo considera que no: “Tal vez se ganaron espacios de visibilidad, pero ante las crisis y los recortes, el feminismo siempre pareciera ser un reclamo no prioritario”. Cree que estamos más lejos de obtener las respuestas institucionales y estructurales que se necesitan para mejorar la situación de las mujeres. Chiaramoni es un poco más optimista. Asegura que si bien todavía queda mucho por mejorar, en estos últimos años la problemática se hizo más visible y comenzó a alertar a muchas científicas que antes tenían naturalizadas ciertas situaciones injustas. “Ahora podemos alertar a otras mujeres, codearnos entre nosotras, y evitar que ellas pasen por cosas que no se merecen”, dice.

¿Y cómo reaccionan los científicos hombres ante esta revolución cultural? Para Mileo, “obstaculizan absolutamente todo” porque no están dispuestos a ceder sus espacios de poder. Chiaramoni coincide en que los científicos más grandes no acompañan la lucha en lo más mínimo, y son parte del problema. “Hay que esperar a que se jubilen”, dice a modo de chiste -pero muy en serio-. Las generaciones de científicos más jóvenes, por el contrario, sí están tomando conciencia y pueden promover un cambio. Pero solo si las científicas no bajan los brazos en la lucha: “A no dormir, mujeres”.

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