Joaquín Sánchez Mariño: “Ser periodista hoy en Venezuela es ser periodista de guerra”

Por Miguel Goyeneche

Hace mucho que Joaquín Sánchez Mariño sueña con ser corresponsal de guerra. Las zonas vulnerables o de conflicto para él tienen un atractivo especial. Entre el 13 de febrero y el 4 de marzo viajó a Venezuela para vivir en carne propia lo que estaba pasando allá, por una iniciativa auto convocada, como periodista independiente. Básicamente, viajó para sostener su modelo de lo que es el periodismo y para tratar de entender lo que estaba pasando en Venezuela.

Desde Gritalo! pudimos charlar con Joaquín acerca de cómo fue su experiencia cubriendo eventos que terminaron siendo muy violentos, ciudades semi vacías y cruces ilegales de frontera, entre otras cosas.

¿Cuál fue tu primera sensación al llegar a Venezuela?

La primera fue antes del viaje: las advertencias. Mucha gente me decía “no vayas ahí”. Ya me pasó con otros lugares de conflicto y la gente siempre te dice lo mismo. Con Venezuela era “comprate un chaleco, llevate un casco”.

El primer acercamiento real fue en el aeropuerto de Caracas. Fue increíble bajar del avión y ver la playa del aeropuerto más grande del país, vacía, con dos aviones. Había carteles que decían “Aquí no se permite hablar mal de Chávez”, las máquinas de café y golosinas no funcionaban, no había Internet. La dejadez fue la primera impresión. El camino del aeropuerto a la capital no tenía luces, estaba lleno de pozos, a los costados tenía muchas villas. Daba la sensación de que la ciudad estaba abandonada.

¿Cómo te enteraste y cómo fuiste hasta Táchira para cubrir la llegada de la ayuda humanitaria en la frontera con Colombia?

Tuve la suerte de haber sacado el pasaje sin saber que esto iba a pasar. Llegué a Venezuela y al día siguiente Guaidó anunció que el 23 de febrero (yo me iba el 24) iba a entrar ayuda humanitaria por la frontera. Si había que tener puntería, la tuve. Esa fecha empezó a tener cada vez más peso, en Caracas ya se veía como el “día D”, el desembarco.

Un día fui a una capacitación para los ciudadanos sobre cómo distribuir la ayuda una vez que entrara, al toque Maduro dijo que no iba a dejar que esta entrara. Fui a esa capacitación y estaba repleto de gente, por lo que evidentemente tenía que ir a la frontera. Termine por decidirme y, a pesar de los consejos de varios venezolanos que me decían que no vaya, me fui.

Una amiga de allá me ayudó sacándome un pasaje a El Vigía, ahí estaba a 500 km. En bus era muy peligroso, había muchos controles de la Guardia. Encima yo estaba con visa turista, no de periodista, entonces tenía que esquivar los controles. Aterricé y me puse en contacto con una gente de la oposición que me puso en contacto con gente del partido de Mérida que me puso en contacto con gente de Táchira. Todos me empezaron a cuidar como una especie de personaje emblemático de la resistencia. Fue un viaje muy clandestino, una aventura.

El día en que llegó la ayuda humanitaria (23F) terminó con mucha violencia, ¿cómo viviste eso?

Ser periodista político hoy en Venezuela es ser periodista de guerra, todos tienen que ir a las manifestaciones con cascos y chalecos porque son muy violentas. Mis colegas estaban con chalecos, cascos, y yo en la frontera estaba con una camisa. Era una situación de un conflicto, un caos y una violencia que no había visto nunca. Me encontré con una prueba para mí mismo, si bien no era yo el centro de la cobertura, pero internamente lo viví así. Estaba rodeado de gente con mucha experiencia, y ahí estaba yo, preguntándome cómo hacer una cobertura a nivel. Copiaba las prácticas de mis colegas y tanteaba la situación, pero cuando estallaron las primeras bombas ese día, salí corriendo como todos. Sonó la bomba número 100 y ya ni me corría, la pateaba o me tiraba vinagre en la cara. Fue una maestría de un solo día frente a un conflicto.

Fui aprendiendo lógicas que son propias de cada conflicto. Empecé a adivinar los movimientos de las fuerzas y los empecé a seguir, eso fue muy interesante y estresante también. Mucho miedo, en un momento estaba escondido atrás de una chapa y se escuchaba cómo chocaban los perdigones.

Me sentí vivo por la adrenalina. Cuando todos corrían para atrás y yo para adelante, sentí que había encontrado, finalmente, el sentido de mi oficio. Capaz que tuve suerte nomás. Pero dentro de esa suerte me encontré con una veta de mi vocación que no había probado.

¿En algún momento temiste por tu vida?

Hay dos tipos de situaciones, las de riesgo efectivo y las de tensión, donde hay algo que uno entiende. Es como en las películas, donde existe ese suspenso. Esa sensación de que hay algo latente pero que no pasa, donde la tensión es más grande. Es más intenso el conflicto que está por estallar que el que estalló.

En ese sentido, mientras estaba en el foco del conflicto, abajo de la balacera o de las bombas de gas, no tuve miedo. Era el momento más peligroso, me podía pegar un perdigón en el ojo o prender fuego con una bomba molotov, como le pasó a algunos. Ahí no tuve miedo porque estaba ocupado.

Cuando estuve en Las Trochas, el camino ilegal para cruzar a Colombia, estuve con un tipo que por USD 20 me acompañó a cruzar a pie, ahí con todo encima me podían robar, matar, tirar en zona franca y que no se entere nadie. Es zona controlada por paramilitares. El tipo me dijo que no hable, que esconda la cámara. Había un tensión de estar haciendo algo peligroso e imprudente. Por más que no pasó nada concreto, ese potencial me dio mucho más miedo que el otro momento.

¿Qué sensación te transmitió la gente?

Fue muy fuerte vivir todo eso. Esa combinación de imágenes y de sucesos son los que me fueron comprometiendo con Venezuela. No llegué ni enamorado de la revolución ni en contra.

Vi cómo llegaba el primer soldado desertor, la gente lo traía vitoreando como un héroe. Eso fue rarísimo, aunque no es mi país, algo me emocionó, estuve cerca de llorar. Una imagen entre poética y épica que me conmovió. Me sentí parte de una revolución, sin tomar partido. Era ver un momento de la historia. Ser parte de eso, ser testigo de cómo ese soldado desertor decía “la sangre del Libertador corre por mis venas”. Surreal lo que estaba viviendo.

Dos días después, siguiendo a los más jóvenes todos encapuchados abajo del puente (del lado colombiano), a uno le prestaron un teléfono para hablar con la mamá que estaba en Venezuela. “Sí, mamá, no te preocupes, estoy bien, acá en el refugio, te mando un beso”. ¡Mentira! No estaba en el refugio, estaba a punto de matarse a piedrazos con la policía. Y era un nene. Eso de ver a un pibe de esa edad tapándose la cara, armándose con palos y piedras para ir a pelear con la policía y que por un segundo sea un hijo hablando por teléfono con la madre, te dabas cuenta que se estaba jugando la condición humana, no una cuestión política.

Equivocados o no, están peleando por lo que creen que es su futuro.

¿Podrías explicar fácilmente qué es lo que está pasando en Venezuela?

No sé si hay una manera fácil de explicar Venezuela, es un conflicto muy grande:

  1. En Venezuela hay un conflicto político que lleva muchos años. El poder siempre estuvo en manos de la derecha y, con la llegada de Chávez, pasó a la izquierda (la Revolución Bolivariana). Esta generó muchas enemistades y fanatismos de los dos lados. Durante mucho tiempo se sostuvo porque había políticas de Chávez que eran buenas y achicó la brecha de desigualdad entre ricos y pobres, que era muy grande. Hizo cosas buenas por el pueblo.
  2. Las condiciones internacionales cambiaron y dejó de ser efectiva su política. Además, se murió. Su peor error fue que nombró a un sucesor que resultó ser un inepto, al menos administrativamente. Desde que está Maduro, fue tan poco efectiva su política económica y social que todo lo que sostenía a Chávez, dejó de sostenerlo a él.
  3. Al conflicto político y social se le sumó un conflicto económico interno y externo: el precio de petróleo bajó muchísimo y con la muerte de Chávez Estados Unidos vio la posibilidad de sacar del poder a una fuerza que no le era conveniente (no sólo porque EE. UU. compra el 50% del petróleo que vende Venezuela, sino porque es la entrada al continente, se puede controlar al mar Caribe desde ahí). Chávez era indomable.
  4. Estados Unidos desde entonces le complica las cosas a Maduro que, además, es inepto. Ante esto, la situación económica de los venezolanos cae, se desploma. Dejan de percibir el valor del crudo (USD150 a 30). Comienza el desabastecimiento. Llegan los bloqueos de EE. UU. y Venezuela deja de disponer de su dinero.
  5. Maduro intenta convencer a todos de que los problemas económicos son por ese bloqueo, pero olvida decir que el bloqueo es sólo uno de los tantos factores que intervinieron en la crisis.
  6. Estados Unidos va a fondo, arregla con Guaidó, quien se autoproclama, y ahí comienza todo. Acá surge el conflicto político: en 2016 el chavismo pierde y la Asamblea Nacional la gana la oposición. Maduro comienza a buscar la manera de recuperar el poder, diciendo que dos diputados de la oposición están en desacato. La oposición los nombra de todas formas, en una maniobra torpe, dándole la excusa a Maduro para decir que la Asamblea está en desacato. En ese momento, nombra una Asamblea Nacional Constituyente con su propia gente. Ahí es donde surgen dos asambleas paralelas: las dos dicen que son legítimas, tienen dos fiscales, dos embajadores, dos de todo.
  7. La Asamblea Nacional nombra en desacato a Maduro, ya que lo que acusan de usurpación, entonces Guaidó se proclama presidente él mismo. Así surgen los dos focos de poder diciendo que el otro está en falta.
  8. En el medio hay elecciones presidenciales, Maduro gana, pero con trampa, ya que proscribió a muchos partidos, por lo que los mayores referentes de la oposición están imposibilitados de presentarse, entonces pelea contra nadie. Fue la elección con menor participación histórica del país. No fueron fraudulentas pero no fueron libres. Los chavistas votan a Maduro con asco, ya no lo quieren.

Una buena alegoría para entender el conflicto sería:

Hay un gobierno que se metió en una pelea con el matón del curso, Estados Unidos. Mide 2m, entrena todos los días, tiene armas, come. El otro, Venezuela, no come, es escuálido, no tiene armas, pero es voluntarioso. El matón del curso lo está cagando a trompadas pero él se sigue plantando, cuando lo que tendría que hacer es retirarse, sanar sus heridas y ocuparse de otras cosas, por más que esté mal que un matón lo haya venido a provocar. Maduro está siendo muy orgulloso y se está cagando en su pueblo por esta pelea.

¿Cómo ves el panorama a futuro?

Constantemente parece estar siendo el final, y no lo es. No creo que Maduro llegue al fin de su mandato. No puedo decirte si es en un mes, un día o un año, pero eventualmente va a caer. Las sanciones que le sigue poniendo EE. UU. empeoran la situación del pueblo. Estas son para ahogar el gobierno de Maduro pero también perjudican a la gente, entonces ¿uno qué desea? ¿Lo querés sacar a Maduro pero de esa forma le cagás la vida a los venezolanos?

Eventualmente creo que va a cambiar el gobierno. La figura clave es Vladimir Padrino, el que se decía que se dio vuelta y al final no. Ahí es por donde va la negociación entre Estados Unidos, Venezuela y Rusia. Yo arriesgo a que va a haber un cambio de acá a fin de año. Pero también es muy probable que me esté equivocando.


Pronto Joaquín va a publicar un libro sobre todo lo que vivió en Venezuela.

Seguilo en Instagram y en Twitter.

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